Y justo en ese momento, se me cae el móvil a la taza del váter...
Y justo en ese momento, se me cae el móvil a la taza del váter...
Drama intenso. Gritos. Me siento totalmente comprendida por las chicas que están en el baño en ese momento. Me abrazan, prácticamente me dan el pésame. Una de ellas, que va peor que las demás, en un alarde de sororidad como la copa de un pino, se lanza y lo rescata del fango. Entre todas lo secan y me entregan el cadáver de mi difunto.
- Mételo en arroz, tía.
- Pero no lo enciendas.
- Jo, que putada, tía.
- Ánimo.
- ¿Tienes copia en la nube?
- Dame tu teléfono, tía, y te llamó en unos días, a ver como estás, que me he quedado súper pillada. (¿a ésta que le voy a decir?, si es la que ha hecho el Jacques Cousteau por mí)
- Gracias tías, sois la hostia, muchas gracias. Voy a casa a meterlo en arroz.
- ¡Pero no lo enciendas!
Esto me recuerda al cuento de Barba Azul, esa oda al maltrato, que a mi me daba pánico de cría, en el que la mujer acababa asesinada por su curiosidad.
Me siento como si me faltara un pedazo al final de la mano derecha. Yo creo que vamos a evolucionar a seres con móvil incorporado para que no pasen estas cosas. Es que yo sin móvil, no sé que hacer. Es mi entretenimiento, mi fuente de información, mi vía de comunicación con el mundo, mi cámara (con ese filtro beauty genial), el almacén de mis fotos y vídeos, de mis conversaciones, de mis movidas privadas, mi equipo de música, mi mapa, mi navegador, mi forma de pagar, mi agenda, el espejo para ver que pinta llevo, mi alarma, mi reloj, mi calendario, mi luz en la oscuridad, mi refugio en ascensores y otros lugares incómodos. Mi talismán, joder.
Me apetece llorar y subirlo a Instagram, pero no puedo. Mierda.
¿Y mis contactos? ¿Cómo voy a recuperarlos? Toda esa gente de la que prácticamente lo único que tengo es su teléfono.
¿Y mi madre? Se va a preocupar cuando me escriba a ver como he llegado y no le conteste. Y como acaba de cambiar de compañía, no me sé el número nuevo y ya no tiene fijo, técnicamente soy huérfana.
¡¡Y pasado mañana es mi cumpleaños, joder!!
Seguro que Eric me llama, que hablamos poco pero Facebook le avisa y él se tira el rollo llamándome ese día, como si se acordara. Qué cabrón. El resto del año, ni señal de vida da.
Ahora que lo pienso, puedo avisar en redes que he perdido el móvil (no voy a contar lo que ha pasado, claro, que corte), pero así al menos, todos los que me estarán buscando, me podrán localizar.
Todas esas amigas íntimas y tíos locos por mí, claro...
Lo mismo dejar media vida en 150 g de metal, plástico y cristal, no es tan buena idea. Por si la pierdes.
Por si es tan fácil comunicarse a través de él que no puedes descartar que a los que se comunican contigo de esa forma les importes una mierda.
Porque muchas veces no sabes nada de ellos y ellos tampoco de ti.
Porque los iconos de carcajada no suenan a la risa particular de tus amigos.
Porque nuestros estados de ánimo no se resumen tan simplemente.
Porque ya ni hablamos por teléfono.
Porque ya no hay comunicación no verbal, ni inflexiones de la voz o pausas, y si ya en el frente a frente, a veces no te consigues entender con alguien...
Porque estar esperando respuesta de alguien que te ha dejado en visto, esa angustia, en directo no la vives.
Porque se puede hacer mucho daño con un whatsapp y me apuesto lo que quieras que eso, a la cara, no te atrevías a decírmelo.
Porque los abrazos que me han dado tres desconocidas en un cuarto de baño es lo más cerca que he estado de otro ser humano en el último mes.
Me paro en el bazar, compro un kilo de arroz y un tupper. Procedo a introducir el cuerpo inerte en el cereal para la resucitación.
- ¡¡No encendel! ¡¡Tles días!!
Subo a casa, me desmaquillo y me meto en la cama. Me siento sola. Como si me faltara algo.
Y me falta.
Y no es el móvil.
Drama intenso. Gritos. Me siento totalmente comprendida por las chicas que están en el baño en ese momento. Me abrazan, prácticamente me dan el pésame. Una de ellas, que va peor que las demás, en un alarde de sororidad como la copa de un pino, se lanza y lo rescata del fango. Entre todas lo secan y me entregan el cadáver de mi difunto.
- Mételo en arroz, tía.
- Pero no lo enciendas.
- Jo, que putada, tía.
- Ánimo.
- ¿Tienes copia en la nube?
- Dame tu teléfono, tía, y te llamó en unos días, a ver como estás, que me he quedado súper pillada. (¿a ésta que le voy a decir?, si es la que ha hecho el Jacques Cousteau por mí)
- Gracias tías, sois la hostia, muchas gracias. Voy a casa a meterlo en arroz.
- ¡Pero no lo enciendas!
Esto me recuerda al cuento de Barba Azul, esa oda al maltrato, que a mi me daba pánico de cría, en el que la mujer acababa asesinada por su curiosidad.
Me siento como si me faltara un pedazo al final de la mano derecha. Yo creo que vamos a evolucionar a seres con móvil incorporado para que no pasen estas cosas. Es que yo sin móvil, no sé que hacer. Es mi entretenimiento, mi fuente de información, mi vía de comunicación con el mundo, mi cámara (con ese filtro beauty genial), el almacén de mis fotos y vídeos, de mis conversaciones, de mis movidas privadas, mi equipo de música, mi mapa, mi navegador, mi forma de pagar, mi agenda, el espejo para ver que pinta llevo, mi alarma, mi reloj, mi calendario, mi luz en la oscuridad, mi refugio en ascensores y otros lugares incómodos. Mi talismán, joder.
Me apetece llorar y subirlo a Instagram, pero no puedo. Mierda.
¿Y mis contactos? ¿Cómo voy a recuperarlos? Toda esa gente de la que prácticamente lo único que tengo es su teléfono.
¿Y mi madre? Se va a preocupar cuando me escriba a ver como he llegado y no le conteste. Y como acaba de cambiar de compañía, no me sé el número nuevo y ya no tiene fijo, técnicamente soy huérfana.
¡¡Y pasado mañana es mi cumpleaños, joder!!
Seguro que Eric me llama, que hablamos poco pero Facebook le avisa y él se tira el rollo llamándome ese día, como si se acordara. Qué cabrón. El resto del año, ni señal de vida da.
Ahora que lo pienso, puedo avisar en redes que he perdido el móvil (no voy a contar lo que ha pasado, claro, que corte), pero así al menos, todos los que me estarán buscando, me podrán localizar.
Todas esas amigas íntimas y tíos locos por mí, claro...
Lo mismo dejar media vida en 150 g de metal, plástico y cristal, no es tan buena idea. Por si la pierdes.
Por si es tan fácil comunicarse a través de él que no puedes descartar que a los que se comunican contigo de esa forma les importes una mierda.
Porque muchas veces no sabes nada de ellos y ellos tampoco de ti.
Porque los iconos de carcajada no suenan a la risa particular de tus amigos.
Porque nuestros estados de ánimo no se resumen tan simplemente.
Porque ya ni hablamos por teléfono.
Porque ya no hay comunicación no verbal, ni inflexiones de la voz o pausas, y si ya en el frente a frente, a veces no te consigues entender con alguien...
Porque estar esperando respuesta de alguien que te ha dejado en visto, esa angustia, en directo no la vives.
Porque se puede hacer mucho daño con un whatsapp y me apuesto lo que quieras que eso, a la cara, no te atrevías a decírmelo.
Porque los abrazos que me han dado tres desconocidas en un cuarto de baño es lo más cerca que he estado de otro ser humano en el último mes.
Me paro en el bazar, compro un kilo de arroz y un tupper. Procedo a introducir el cuerpo inerte en el cereal para la resucitación.
- ¡¡No encendel! ¡¡Tles días!!
Subo a casa, me desmaquillo y me meto en la cama. Me siento sola. Como si me faltara algo.
Y me falta.
Y no es el móvil.


Genial!!!
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