El dinosaurio corría velozmente hacia él. .....

El dinosaurio corría velozmente hacia él.
No tenía sentido intentar escapar.
Sintió que iba a perder el conocimiento de puro terror.
Una máquina de matar, puro músculo e instinto de caza.
Joseph estaba cansado de huir o enfrentarse.
Así que se dejó ir. Cayó al suelo a plomo. Allí quedó, desmadejado.
El depredador aminoró su velocidad, desconcertado.
Se aproximó lentamente, con una respiración pesada, amenazante.
Su presa seguía inmóvil. La olisqueó meticulosamente. No era un olor conocido. ¿Quizá no se comía? La tocó con una pata, acechando un movimiento, listo para atacar.
Nada, ni un signo de vida.
Un fluido viscoso comenzó a aparecer alrededor del cuerpo inerte. El animal se excitó, intuyendo sangre o algo que pudiera contener su jugosa presa. Se aproximó decidido, derramando saliva por las comisuras.
Algo ofendió su fino olfato. Empezó a gemir, sacudiendo su enorme cabeza tratando de desprender esa peste de su nariz.
Intentó comenzar a comérselo por el otro extremo del cuerpo, pero el maldito charco apestoso lo impregnaba todo. ¿Quizá si lo giraba se podría aprovechar algo? Lo empujó con el hocico, el cuerpo se volteó en parte, dejando a la vista un bidón abierto. El sol se reflejó en el charco formando arco iris temblorosos e iridiscentes. Finas volutas de la sustancia volátil ascendieron de su superficie saturando el aire caliente con un olor penetrante.
El dinosaurio retrocedió, visiblemente disgustado, agitando y frotando contra el suelo las patas donde habían contactado con  aquel líquido repugnante.
Y se alejó definitivamente, sin mirar atrás.
Joseph sintió un intenso dolor de cabeza, aspiró una bocanada de aire y su corazón batió furioso en su pecho. Abrió los ojos despacio, cegado por el sol. Se incorporó y miró a su alrededor. Ningún dinosaurio asesino en las inmediaciones.
Estaba vivo, intacto y bañado en gasolina.
Rió salvajemente.
Conseguiría salir de allí, la suerte estaba de su lado.

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