"Y al exhalar, suelta todo lo malo", dicen.
"Y al exhalar, suelta todo lo malo", dicen. Yo lo intento. Pero no me sale. No lo consigo. Todo lo malo se queda conmigo. O se aleja levemente, hasta los márgenes de mi conciencia y regresa apresuradamente cuando dejo de intentar alejarlo activamente como si mi estado natural o el despertar del sueño fuesen un poderoso imán. Y llega de la mano de su amiga, la garra en las tripas. La paralizadora. La que te susurra que cualquier acción puede, potencialmente, desgarrar los tejidos que atenaza. Incluso una inspiración profunda. Tú verás si quieres correr el riesgo.
Hoy no quiero. Apnea. Respiración superficial.
Y aquí viene todo lo malo. Una vez más. Un tsunami de agua turbia con sorpresas más sólidas: Lo que me falta, lo que no soy, lo que debería hacer y no hago, la crueldad del mundo, el miedo feroz a la muerte o el sufrimiento de los que amo, la sensación de la vida que se me escurre entre las manos, de no encontrar mi sitio, de no ser conocida, de no ser comprendida, de desperdicio, de cobardía, el cieno resbaladizo, el agua sucia, los animales muertos, la vejez, el abandono, el deterioro, los juicios, las caras marchitas, el hambre atroz, la gula, el ansia de poder, las guerras, los abusos, el dolor, la maldad, la opresión, la codicia, mi desidia, la basura visible y la invisible que infiltra agua, mar, tierra, carne y aliento...
¿Por qué tanto espacio mental, tan amplias capacidades de sentir, pensar, proyectar y tan poca de tolerar los cambios continuos o las rutinas aburridas? ¿Por qué un avance de la consciencia tan lento y una vida tan corta? ¿Por qué el cuerpo no acompaña a esa mente errante y expansiva y se desmarca con su fragilidad o se enferma o se deteriora en mucho menos tiempo del que necesitamos para ubicarnos y constriñe los márgenes de la existencia? ¿Por qué tanto deseo de trascendencia, de reconocimiento, de pertenencia y tantas vidas sin brillo y sin propósito condenadas a la indiferencia?
Veo casas repletas de objetos vaciadas de lo que atesoraba alguien que ya no está y que a nadie le importan. Vanos intentos de aferrarse, de frenar el caos. Carreras en círculo. Vidas repletas de tareas repetitivas que no conducen a ninguna parte. Listas de pendientes que crecen de forma exponencial pese a cualquier estrategia de reducirlas. Infinitas responsabilidades sobre otros y una misma.
Vacío. Cansancio. Hartazgo.
Solo quiero dormir, hibernar, sedación profunda, olvido y calma.
Lo malo no se va, no es humo negro que disipa el viento, es alquitrán pegajoso y traicionero. Se ríe entre dientes. Disfruta cuando me revuelvo y me hundo más en él. Luchar equivale a embadurnarse.
No quiero. Y nadie va a rescatarme. Ya lo sé.
Este infierno es mío. Personal e intransferible. Hecho a medida, como un guante, con todo lo vivido. Decepciones, frustraciones y rechazos. Golpes, pérdidas, errores por acción y omisión. Neurotransmisores, hormonas y herencia. Tendencia innata a la melancolía. Entrega a otros y olvido de mi misma.
Desconexión profunda con mi supuesto núcleo, ese indestructible que ni puta idea dónde reside. Ni puta idea.
Otra mentira más.
Como Rivendel, que no aparece.
Suma y sigue.


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