Amén. Que así sea.

 


Amén. Que así sea. 

Valiente mierda. 

No quiero que sea así, no quiero. Y punto. 

A todo que sí. Estoy harta ya. 

No puedo más. 

Parece fácil, ceder. ¿Para qué discutir? Si no es tan importante. Si a mí me da igual. 

Mentira. 

Cedes tanto que llega un momento que no sabes ni lo que quieres. 

Es un proceso insidioso, lento. La amabilidad y el deseo de agradar se infiltran subrepticiamente en tú carácter, destruyéndolo renuncia a renuncia.

Al principio son asuntos de poca importancia, pequeñas cosas, minucias. 

Pero una vez contraída la enfermedad, se va extendiendo. 

"No da ningún problema. Es un encanto de niña. Tan fácil de llevar." 

Te conviertes en esclava de esa imagen. 

No quieres disgustar a toda esa gente que te adora porque siempre haces lo que esperan. 

Así que arrinconas lo que tú deseas en una esquinita, sin apenas percibir esa acción. 

Y el olvido se posa suavemente sobre ti, como terciopelo polvoriento que cubre y protege los muebles valiosos de una mansión abandonada. 

Cuando te ves obligada a elegir algo, sufres porque no tienes costumbre. Y eliges muchas veces por descarte. Te quedas con lo menos malo. Siempre con la incómoda incertidumbre royéndote las tripas: ¿habré acertado? ¿será eso lo que quiero? ¿Y si...? 

Muy de vez en cuando alguna cesión te subleva por dentro, porque al fin y al cabo no estás muerta, solo dormida, sedada o disociada de ti misma. Entonces saltas de indignación como un resorte. De forma desproporcionada a ojos de los demás porque lo último que ha pasado está en equilibrio sobre una  torre inestable de concesiones. Y tu entorno, hecho a tu indulgencia infinita, te devuelve una mirada de incredulidad, de reproche, de decepción, que te asoma al abismo del rechazo y hace que te falte el aliento y el mismo suelo bajo los pies. 

Y llega ella, la vergüenza, una bola incandescente que sube del plexo solar a la garganta. Te inunda una pena negra y pegajosa que se te mete por debajo de las uñas y no se puede limpiar. Notas las lágrimas a punto de desbordarse, el sabor salado y te muerdes los labios por dentro en un vano intento de recuperar lo que llamas calma pero es control. 

No puedes discutir porque cada vez que lo intentas, lloras irremediablemente y te quieres morir. Y después te duele la cabeza y te sientes cristal quebradizo y frío. 

"Dócil. Sensible a las reprimendas" reza mi expediente escolar. 

Te tragas la rabia hasta no saber ni donde la tienes y eso te roba la fuerza y te deja a merced del mundo. 

Admiras secretamente a los que pisan fuerte y no tienen miedo a equivocarse aunque lo hagan. A los capaces de soltar una bordería sin inmutarse. A los que se anteponen al resto del mundo. A los que egoístas, a los interesados. 

Ah, no, que era malo ser así... 

Pues esto es peor. 

¿Quién te va a querer si solo piensas en ti? Si no corriges tus defectos. Si no entierras bien profundo la envidia, la ira, la vanidad, la frustración, el odio... Donde nadie pueda verlos y tu apenas recordarlos. 

¿Y qué importa quién te quiera si estás incómodo en tu propia piel? Si te aprieta como una muda de culebra reseca. Si apenas concilias el sueño, el corazón se te desboca en el pecho. 

Si te despiertas por la mañana e intentas mantener los ojos cerrados para no tener que enfrentar otro día de luchar contra ti mismo para tener a todos contentos. 

Es un coste inasumible. 

Y si solo te quieren así, dulce, dispuesta, adorable, tampoco es tanto lo que pierdes, porque no te conocen, porque no es amor si no te llevas el pack completo, lo bueno y lo malo, la luz y la oscuridad.

Esto es lo que hay. 

Lo que yo quiero. 

Lo que soy. 

Aunque no os guste. 

Os tendréis que aguantar. 

Es fácil, ya veréis. 

Más fácil que pelear, pero más triste. 

Más gris y menos rojo. 

No contéis conmigo para eso. 

Hasta aquí llego. 

Ni un amén más me vais a sacar. 

Ni uno. 

No asiento, no consiento y no comprendo todo. 

NO. 

Que no.

Porque no quiero. 

Porque no me da la gana. 

Cuánto no atrasado llevó. 

Y qué bien sienta negarse, por Dios...

Qué paz de espíritu

Comentarios


  1. La rebelión de los amenes.
    La paz esté con nosotros.

    ¡¡A vivir distinto cada día!!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares