"Y al exhalar, suelta todo lo malo", dicen.
"Y al exhalar, suelta todo lo malo", dicen. Yo lo intento. Pero no me sale. No lo consigo. Todo lo malo se queda conmigo. O se aleja levemente, hasta los márgenes de mi conciencia y regresa apresuradamente cuando dejo de intentar alejarlo activamente como si mi estado natural o el despertar del sueño fuesen un poderoso imán. Y llega de la mano de su amiga, la garra en las tripas. La paralizadora. La que te susurra que cualquier acción puede, potencialmente, desgarrar los tejidos que atenaza. Incluso una inspiración profunda. Tú verás si quieres correr el riesgo. Hoy no quiero. Apnea. Respiración superficial. Y aquí viene todo lo malo. Una vez más. Un tsunami de agua turbia con sorpresas más sólidas: Lo que me falta, lo que no soy, lo que debería hacer y no hago, la crueldad del mundo, el miedo feroz a la muerte o el sufrimiento de los que amo, la sensación de la vida que se me escurre entre las manos, de no encontrar mi sitio, de no ser conocida, de no ser comprendida...







