Ya tú sabe, fucking bro...
- Ya tú sabe, fucking bro...
- Mírala, cómo se cachondea de mis orígenes...
- Un chin, no ma, mi helmano - añade, la muy bruja, partiéndose de risa.
Esto es siempre así, yo ya estoy acostumbrado. A Marina le encantan los acentos y las expresiones de otros países. Y mi familia es dominicana. Como somos amigos viene mucho por mi casa y se queda en trance escuchando a mi madre y a mi tía, que hablan a toda velocidad cambiando erres por eles y mochando las palabras (que es no pronunciar la última consonante).
Yo, como nací en Madrid, hablo como la gente de aquí, salvo cuando estoy en casa que me sale solo.
- Es que pareces otra persona, Kevin, te lo juro. Yo creo que si me hablas así, podría obviar que somos amigos (casi como helmanos) de lo mucho que me pone.
Así es Marina, te asoma al abismo constantemente. Casi nunca sabes que va en serio y que no (prácticamente, todo lo que dice).
Es arrolladora. Todo le gusta, todo le interesa. Devora aficiones, libros y relaciones de todo tipo. Inconstante pero sincera. No tiene interés en conservar prácticamente nada. Se entrega por completo a lo que en un determinado momento capta su atención. No sé si vive el ahora o quema su vida en una hoguera que nunca se apaga, porque arde en ella todo lo que encuentra para recargarse de esa energía infinita que parece irradiar.
No es alocada o hiperactiva, no es esa la imagen de ella que quiero transmitir. Quizá no me he expresado bien. Es también reflexiva. Y selectiva. Y hay muchas cosas que la dejan totalmente indiferente. Pero tiene un amplio abanico de intereses. Y el descubrimiento de algo o alguien nuevo la fascina especialmente. Amigos, amores, idiomas, autores, músicas, países, razas, causas... Tiene una mirada especial en esa fase inicial, febril, como si todo lo anterior la hubiese conducido a esa nueva pasión.
Lógicamente, luego viene el declive y a veces la caída libre. Las amargas decepciones.
Es la encarnación del todo cambia, nada permanece. Del amor por el mundo tal cómo es, en su espectacular variedad.
Hay muy pocas constantes en su vida: una gata perezosa que ronda los diez años, una voz prodigiosa y nuestra amistad.
Juntos desde primero de Infantil.
La semana pasada cumplió los 20. Y desde que tengo uso de razón, estoy loco por ella.
Es imposible tener a una tía así en tu vida sin enamorarse hasta las trancas.
Pero lo nuestro es inviable desde toda perspectiva. Porque por nada del mundo arriesgaría lo que tengo con ella. Si desapareciera de mi vida como la he visto hacerlo de la de otros, no podría soportarlo.
Así que la miro haciéndome el condescendiente y le digo forzando mi deje:
- Qué eh lo que eh, mi gente? Me ehtá dando cotorra? Dame luh, mi helmana, polque no te entiendo.
Se ríe y da palmas. Se queda pensando para contestarme.
- Tú ehtá quillao, fucking bro.
- Estamos haciendo el dominicano, no el pandillero, Marina - le digo burlón y en neutro castellano.
- Vengaaaa, sígueme el rollo, pesao, que pareces de la Real Academia.
- No ehtoy quillao, ehtoy chivo - la corrijo.
- ¿Y qué diferencia hay? - inquiere.
- Quillao es enfadado, chivo es mosqueado, como que algo no te cuadra del todo - explico y recupero el acento- ¿Qué onda? Una chapiadora eh lo que tu ereh, que como sabeh que no tengo ni cualto, que no tengo ni un chele, me sacahte loh pieh.
- Hostia, Kevin ¿qué dices? Eso es del curso avanzado - dice perdida del todo, ladeando la cabeza.
- Una chapiadora es una aprovechada con connotaciones de golfa - explico solícito con una sonrisita burlona.
- Serás cabrón - dice atizándome con su bolso.
A eso se reduce el contacto físico entre nosotros. Empujones y golpes. Bueno, tampoco es verdad eso. Yo lo reduzco en la medida de lo posible, porque siento que voy a ser descubierto en cualquier momento y que eso marcará una distancia entre nosotros que me romperá el corazón. Pero Marina no. Ella confía plenamente en la naturaleza amistosa de nuestra relación, así que se me cuelga del cuello, me abraza sin reservas, apoya la cabeza sobre mis piernas en los bancos del parque o me pide que la embadurne de protector solar. La playa es terrible porque disimular una erección en bañador es jodidísimo. Ella pasa muchas veces por casa a buscarme un rato antes del atardecer para aprovechar ese último rato en que el mar está caliente, la arena tibia y apenas quedan cuatro turistas rezagados. Se quita la ropa con urgencia como si le estorbase y va corriendo al agua, a aplacar ese fuego suyo, la mitad de las veces con un bikini mínimo y la otra mitad en ropa interior o medio desnuda porque no ha podido pasar por su casa a por el bañador. Yo cuando veo el percal, o entro al agua corriendo o salgo delante de ella a tumbarme boca abajo hasta que mi tormenta hormonal amaina.
La piel sedosa, el pelo revuelto ondulado de color miel, los incisivos ligeramente separados. Como se desmadeja en la toalla tras el chapuzón, como si se hubiera caído de un quinto piso.
Me mira inquisitiva y siento que me lee el pensamiento, así que completo la lección de jerga dominicana.
- ¿No tengo ni cualto lo has entendido?
- No tienes dinero ¿no?
- Exacto - confirmó - Y ni chele es lo mismo.
- Lo suponía, ¿pero lo de me sacaste los pies?
- Que me dejaste plantado o que ya no me contestas a las llamadas.
- Se te fue la guagua, chico - vuelve a la carga ella.
- Muy bien, Marina Esa te gusta, eh? - digo soltando una carcajada.
- Ven acá, que te voy a dal un cocotaso y un trompón por llamalme chapiadora - me amenaza riéndose. Me hace un gesto para que me calle para soltar su frase estrella, que apenas puede pronunciar de la gracia que le hace pensarla.
Eso le pasa de vez en cuando y no se sujeta. Sus ataques de risa descontrolada. A veces se cae al suelo de la debilidad que le entra. Ahí es donde más me cuesta no soltarle que la quiero solo para mí.
En lugar de eso la interrumpo con chorradas que hacen que se retuerza aún más o durante más tiempo, alargando la maravilla de verla fuera de control y disfrutando, como un orgasmo infinito entre amigos.
Así que hago todo menos callarme.
- Ehto qué eh lo que eh, mi gente? Ehto eh una vaina. Yo vengo a hacel coro, a pasarla bien. ¿Qué onda? Lo que quiereh eh que yo guinde loh tenis.
Se dobla por la mitad. Ya va en caída libre. Pero sigue intentando soltar su perla, entre carcajadas y haciendo gestos para que yo pare.
- Quiere que yo vaya al colmado y compre lechosa y chinola pa haselte un juguito, mi reina, mientras tu echas una pavita.
Se deja caer y me agita.
- ¿Qué dices, pirao? Ya me he vuelto a perder - dice secándose una lágrima.
- Guindar los tenis es morirse. El colmado, la tienda, lechosa es papaya y chinola, maracuyá. Y una pavita es una siesta.
- ¿Tu sabeh lo que tu ereh, Kevin? - vuelve a la carga sujetándose otra carcajada.
- Dame luh - contesto mirándola fijamente a ver si se me graba a fuego esa sonrisa.
Traga saliva y añade:
- El papaupa de la matica, mi bro.
Ahí soy yo el que se derrumba sin fuerzas.
Significa que soy la hostia, el que manda, el puto amo. Todo lo que no soy, obviamente.
- Ta tó - remato yo, (que quiere decir que está todo bien) .
Aunque nada lo esté, porque yo la quiero y ella nunca lo sabrá.
Pero aquí estamos, exhaustos de risa y uno apoyado en el otro.
Lejos y cerca.
Vivo y muerto.
Loco y cuerdo.


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