Encuentro


 

Ella está sentada lánguidamente en un banco de forja situado en lo alto de una pequeña grada y arrimado contra una pared del patio del local. 

Un rectángulo al aire libre: a la izquierda, una valla con rejas de forja y macetas en su base, con una puerta a la calle en la esquina más cercana; a la derecha, una galería de madera despintada en el primer piso. Cruzando el patio suspendidas sobre su cabeza hileras de banderines de colores y lucecitas  paralelas. Algunas mesas y sillas  desperdigadas donde la gente fuma o charla. Al fondo, el rectángulo amarillento del vano de la entrada al bar, con estribillos apenas audibles desde su posición, escapando desde el interior.

Tiene las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, extendidas y elevadas hasta un travesaño de la mesa donde reposa el talón de un minúsculo y esbelto zapato de tacón. Dios, como le duelen los pies.  ¿Cómo es posible que algo tan bonito haga tanto daño? Una pequeña abertura deja ver dos uñas pintadas de rojo y el escote interior, el arco interno del pie.  

La falda del vestido cuelga hasta el suelo. De seda delicadamente bordada, vuelo amplio ondulante, escote en V cruzado y un cinturón ancho forrado que entalla pronunciadamente el conjunto.

Quizá desentona ligeramente en el ambiente, más casual e informal. Viene de una celebración en otra parte. No contaba con que la velada se prolongase y aunque el trayecto hasta allí no ha sido largo, la cruel inclinación de los zapatos sumada a la falta de costumbre han hecho que no desee más que permanecer en esa posición, relajada y reclinada hacia atrás con las manos sobre en regazo. Ha sido una noche divertida, de reencuentros y abrazos,  con conversación e incluso un poco de baile en pareja. Sus compañeros están dentro, bebiendo y bailando en grupo. Aún así se siente un poco fuera de lugar, como casi siempre, ya apenas reacciona a esa sensación levemente incómoda.

El aire es tibio y dulce.

Dos figuras cruzan delante de ella, una siguiendo de cerca a la otra, suben las escaleras de la grada hacia su  derecha. La primera es alta y desgarbada, lleva un chaquetón ocre, camina inclinada hacia delante. La segunda, estilizada, de menor altura, elegante, con un abrigo de paño hasta medio muslo, de corte ceñido, con solapas finas y rectas. Se detienen a unos metros de ella e intercambian unas palabras. Su mirada se cruza con la del segundo hombre. Breves instantes. O no tan breves. Un hilo viaja entre las pupilas. Tenue vuelco de corazón. 

Ambos conscientes de haber sido vistos.

Los dos hombres se dirigen a la puerta lateral.

-Ya se va- piensa ella, un poco decepcionada.

Entonces algo cálido toma presencia a su lado izquierdo. 

-No va a ser él, ya estás soñando despierta - se dice a si misma.

Gira la cabeza un ápice. Y ahí está, apenas a unos pasos, mirando en su dirección.  Hombros, escote, pupilas. Otro hilo tendido. Ella contiene la respiración y vuelve la vista al frente. Se fija en las guirnaldas de luces y colores, en la galería, sabiéndose observada.

Cuando lo busca ya no está.

-Lástima- piensa - ya no quiere jugar más.

Al cabo de un cuarto de hora se decide a regresar al bar.  Pasos pequeños,  en precario equilibrio hasta la barra, buscando un punto de apoyo que alivie la presión en los metatarsos. Situada entre dos de sus amigos, casi invisible por ser ellos bastante más altos que ella, le ve pasar de nuevo, hacia el interior del local.  

-Bien- se alegra- . Aquí estás.

Procede a observarlo con más detenimiento con la ventaja de no ser vista. Cabello corto peinado hacia atrás. Perfil potente con una nariz aguileña y mandíbula alineada con la frente recta. Espalda erguida. Movimientos fluidos. Hombros atrás y bien proporcionados. Piel aceitunada, limpia y tersa. Ojos oscuros almendrados levemente separados que la vuelven a encontrar y no se apartan.

-¿Me mira a mí?- se pregunta ella - A ver si estoy imaginando cosas y solo mira en esta dirección.

Siente un tirón del hilo entre ambos y alinea sus ojos con los de él.

- Sí que me mira, si - reconoce.

Él mantiene un semblante serio. Habla con su acompañante. Utiliza el móvil. No bebe nada ni se acerca a la barra. No baila.  Parece ocupado como si estuviera trabajando.  Ambos hombres se desplazan por el local. Desaparecen en el pasillo del baño durante un rato. Ella concluye, tras analizar su comportamiento, que trapichean, posiblemente con alguna droga. 

La camarera le dice  a un cliente que van a cerrar en breve. 

Ya lleva un rato sin verlo.

- Mejor así- se engaña, tratando de resignarse.

Lo busca entre la gente, con impaciencia.

- ¿Dónde estás? Van a cerrar - masculla.

Su grupo (y ella también) se viene arriba con la música: 'Carreteras infinitas' de Sidonie. 

Y entonces lo detecta a su izquierda, donde la barra gira. A unos tres metros. Completamente orientado hacia ella. El hilo tendido. La mirada fija. Atención plena. Insoslayable. Como si no hubiese nadie más en el bar. 

El tiempo se ralentiza. El corazón bate como pájaro en jaula. Ella sonríe, canta y baila. Olas pequeñas de mirar, que van y vienen. Lo acaricia con los ojos. 

- Total, ya nos vamos, ¿qué importa?

Los intervalos entre las olas de mirar de ella son cada vez menores y los tiempos de contacto visual más largos. Él permanece constante tirando del hilo entre ambos. Hasta que ella cede y se miran profunda y largamente. Ambos inmóviles. Oleadas de deseo como aceite caliente la inundan. Él se muerde el labio inferior.

Se encienden las luces. Cesa la música. El grupo de ella se dirige a la salida.  Le hablan al oído. Alguien la ayuda a caminar sosteniéndola por el codo. Personas que se interponen entre ellos.

Siente urgencia por verle, por hablarle, por explicarse. Se tiene que ir. No quiere irse. No puede quedarse. Circunstancias que no vienen al caso lo hacen imposible. 

Los obstáculos humanos se hacen a un lado unos segundos. 

Ella lo divisa, ladea la cabeza y formando las palabras con los labios sin emitir los sonidos pronuncia inaudiblemente:

-Eres muy guapo- recalcando el muy, con gesto de haber intentado resistirse sin éxito.

Él sonríe abiertamente, niega con la cabeza y hace un movimiento con las manos que ella interpreta como un halago. Se toca el corazón con las palmas abiertas.

Ella se ve avanzando hacia la calle. En el último segundo se gira y pronuncia un adiós que suena a disculpa.

El grupo se despide entre abrazos y risas. Todos van en la misma dirección excepto ella y un amigo que se alojan en el mismo hotel. 

-Ha sido bonito- piensa y siente algo que se expande y la hace respirar profundamente-. Tendrá que salir del bar él también, digo yo.

No soporta más los zapatos. Se descalza apoyándose en su amigo y los coge con la mano izquierda por los tacones finos. Alivio infinito al pisar el suelo fresco con tan solo las medias de brillo dorado.  Echan a andar cuesta arriba por una plaza cuadrada de la ciudad vieja. Suelos enlosados. Edificios de piedra. Farolas de hierro de luz cálida. Ni un alma. Silencio del final de la noche. 

Alguien camina en la misma dirección, por detrás de ellos. Son él y su acompañante de antes, el joven alto y desgarbado. 

Se inquieta brevemente. Toda una vida de desconfianza hacia el género masculino en especial en lugares solitarios y de madrugada, más aún si va especialmente arreglada. Sopesa sus opciones. Decide confiar.  La ancha espalda de su amigo ayuda. 

No quiere mirarlo por si eso lo alienta. Pero se le van los ojos. Está sólo, ya. Guarda una amplia distancia con ellos. No cruza la calle ni se aproxima. No impone su presencia.  Desea acercarse. O despedirse. O que ella le de pie. Se sonríen y se miran. Él dibuja corazones sobre su pecho con ambas manos. Gestos de anhelo. Transmite deseo y también inseguridad, como si no se atreviese a más.

La reja de la puerta principal del hotel está bajada. 

Ella y su amigo lo rodean, buscando otra entrada.

Ella intenta llamar por teléfono a recepción, sentada en un zócalo, mientras se coloca los zapatos para entrar dignamente.

Vuelven a probar suerte en la entrada. Hay un timbre que su amigo pulsa. La reja asciende, traqueteando. 

Entran al vestíbulo.

Él acorta la distancia a paso vivo, sube las escaleras y se queda a las puertas del hotel, los brazos caídos a los lados, apenado, incrédulo, la mirada clavada en ella.

Ella camina en dirección contraria volviendo la vista atrás hasta perder el contacto visual.  No se acaba de creer que la haya seguido hasta aquí.  Quiere volver atrás. Detener el tiempo. Algo más. Ser. Estar. Vivir ese precioso instante. 

Ascensor subiendo.

Su amigo está distraído, alegre y cansado, comenta la reunión.

Segunda planta.

Se despide hasta el desayuno con un abrazo breve.

Cuarta planta.

Ella siente un impulso denso, sordo, profundo, creciente. Obedece y pulsa el botón de la planta baja.

-¡Vamos!- murmura con urgencia.

Enfila el pasillo del vestíbulo. 

La cristalera de la entrada. 

Y ahí está él.

Esperando aún.

Sorprendido, aliviado, triunfante.

Ella abre la puerta, lo coge de la mano y tira de el escaleras abajo.

Doblan la esquina y él la gira para tenerla frente a frente, desliza un brazo alrededor de su cintura, con la otra mano acaricia su cuello dejando el pulgar sobre el ángulo de su mandíbula y el resto de  sus dedos en su nuca, entre el cabello.  Suspiran. El hilo de pupila a pupila mide apenas centímetros. Ella toca la línea de sus pómulos con la punta de los dedos e inclina su cabeza hacia atrás. Se abandona en dos presas de miel oscura y pestañas largas.  La suavidad de los labios.  El calor de la piel. La tensión interna.  El contacto. 

El peso del cuerpo. 

La ligereza del corazón. 

La euforia del alma.

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