Piscina de verano
Salgo de casa, descalza, en bikini, el pelo recogido en una coleta alta, toalla al hombro y pequeña cesta en la mano. Cierro la puerta tirando de ella. El suelo es liso, está tibio. El aire del descansillo está caliente e inmóvil. El ascensor acude a mi llamada, traqueteando levemente. Me miro al espejo, me estiro, echo los hombros hacia atrás, acentúo la curva lumbar. No está mal.
La puerta se abre. El suelo del portal me acaricia las plantas de los pies. Empujo la puerta hacia fuera y salgo. Sol radiante, suelo áspero, diez pasos, a continuación seis escalones, otros cuatro pasos. Césped con losetas intercaladas. Una ducha que hace las veces de entrada al recinto de la piscina. El pavimento granate pintado que rodea el vaso y un marco de medio metro de piedra basta, rugosa, con ranuras para drenar el agua, arden. Pasos cortos, livianos, una diagonal calculada hasta la zona en sombra. Un saludo tímido al socorrista si está, que responde sonriendo y vuelve a abstraerse en su móvil.
Dejo la toalla y la cesta, me pongo las gafas, bien apretadas aunque sé que terminarán por empañarse, por permitir la entrada de agua a mi órbita izquierda. Cuando termine dejarán una marca blanquecina en mi cara que tardará horas en atenuarse.
La piscina está desierta, es rectangular, el agua la llena completamente y ondula centelleante en la superficie. Toda para mí, no puedo evitar sonreír.
Detesto la ducha antes de entrar, me parece desagradable e inútil ese remojón somero estilo gatuno que se da la gente que, no nos engañemos, no va a limpiar a nadie que no estuviese limpio ya. Y yo lo estoy, meticulosamente. Las normas absurdas están para saltárselas y lo que me importa el qué dirán es inversamente proporcional a los años que voy cumpliendo. Además, esa ducha ridícula me privaría de una de las sensaciones más placenteras de la piscina de verano: sumergirme con la piel completamente seca, la línea del agua avanzando sobre mí al ritmo que prefiera.
Bajo por la escalerilla metálica sin apenas tocarla para evitar quemarme. Suelto y agarro breves segundos. Pies, tobillos, piernas, rodillas, muslos, caderas, cintura, costillas, torso hasta la línea de las clavículas entran al agua fresca, deliciosa y aterciopelada.
Brazos flexionados, ligeramente por encima del agua. Me ajusto las gafas y camino hasta el centro, frente a uno de los trazos azul oscuro que cruza el fondo longitudinalmente, cerca de la pared. El azul oscuro perfila también los bordes del vaso.
Alineada con el trazo guía me inclino hacia delante y dejo que las plantas de mis pies contacten con el muro. Inspiro, posición horizontal, el agua acoge mi cara, mis brazos y hombros. Me impulso hacia delante y flexiono el cuello hasta sentir una corriente que empapa mi pelo. Delicia.
Braza. Secuencia simple de movimientos, simétrica, cómoda. El fondo de teselas azul claro se desliza bajo mi cuerpo, con sus cuatro trazos azul oscuro. Atisbo las cuatro paredes que contienen el líquido.
Mi respiración se acompasa.
Pared, toco y giro para volver. Me impulso de nuevo.
Crol. Surcando los azules balanceándome a los lados al tratar de proyectar cada brazada unos centímetos más adelante, ondulando las piernas desde las caderas sin llegar a tocar la superficie. Un ojo y media boca asoman robando aliento por la derecha cada dos brazadas. El abdomen y la espalda se tensan como un neopreno de verano a mi alrededor, conteniendo el corazón que se acelera y los pulmones que se ponen a su disposición.
Apenas doce brazadas y toco pared.
Repito la secuencia cinco veces. Quizá alguna más porque pierdo la cuenta concentrada en mantener la posición y el ritmo.
Ahora combinaré braza y espalda, repetiré la secuencia diez veces más los ajustes de volver a perder la cuenta alguna otra vez. Si no estoy segura añado otra ida y otra vuelta.
Espalda. Arqueo mínimamente el dorso hasta sentir que el agua sostiene mi cabeza además de mi espina dorsal. Balanceo lateral con cada brazada, piernas estiradas ondulando con pies en punta. Cuento 14 brazadas y giro mi cuerpo hacia abajo a menos de 1 metro del muro. En una ocasión hace años no calculé bien y el dorso de mi antebrazo impactó al bajar con el filo del borde. No sé rompió pero dolió mucho. Detesto el dolor y trato de evitarlo. No siempre puedo, claro.
Apenas pienso, aquieto mi mente, deja de zumbar, me da una breve tregua.
Vuelvo a braza de ida y crol de regreso, cuatro secuencias más.
Me detengo donde menos cubre. Apoyo los brazos en el borde, extendiéndolos a ambos lados. Inspiro profundamente varias veces, todo lo que mi capacidad pulmonar permite. Tomo aire una vez más y me sumerjo. Atravieso la piscina buceando pegada al suelo, no miro adelante hasta el final, cuando siento que me empieza a faltar aliento y estoy a punto de llegar. Me impulso tocando el fondo con la punta de los pies y trazo una diagonal del suelo al filo de la pared. Aspiro con ansia. Apoyo mis brazos flexionados sobre el marco rugoso y mi cabeza sobre ellos, sin fuerzas. Mis piernas tiemblan de manera casi imperceptible. Siento el cuerpo gelatinoso. Mi latido en el cuello durante medio minuto, no muy rápido, si amplio. Va calmándose al detenerme y respirar sin restricciones.
Mirando arriba e dándome impulso en el muro me sumerjo dando una voltereta hacia atrás con la espalda arqueada. Otra vez. Me sumerjo en la parte más profunda bajando vertical hasta el fondo hasta acariciar las baldosas con el abdomen y vuelvo a la superficie y al filo. En la calma veo pequeñas imperfecciones, un rastro de óxido, un baldosín torcido, otro baldosín ectópico (azul claro infiltrado en la línea azul oscura), que al igual que las pequeñas asimetrías o marcas de los rostros humanos, me cautivan.
Encaro el centro del azul desde el lado más profundo, inspiro hasta llenar el tórax y me deslizo por la superficie hasta el otro extremo, con brazadas de crol simétricas, sin tomar aire. Llego con más comodidad, deseando respirar simplemente.Me dedico a hacer el pino y a dar volteretas durante unos minutos, buscando simetrías variadas, completamente abstraída del entorno.
Después me quito las gafas y me suelto el pelo.
Nado perezosamente hasta el centro de la piscina y me acuesto boca arriba, acunada por el agua, mirando el cielo azul, los girones de nubes desgarradas, las bandadas o los pájaros que van por libre. Después permito que el líquido cubra mis ojos cerrados y mi cara, excepto mis fosas nasales. Floto sin esfuerzo, subiendo y bajando levemente con la respiración. Ladeo la cabeza y el cabello se agita suavemente a uno y otro lado, el agua llega hasta la piel como una caricia dulce y fresca.
Al inspirar visualizo formas hermosas como playas, olas, corrientes de agua, flores, cachorros y bellezas (Jamie, Geralt, Jess, Timothée, Theo, Damiano David, Harry, Nick...). Sonrío.
Al espirar dejo ir lo malo: la angustia, las dudas, el miedo, lo cruel, lo mezquino, el asco, la vergüenza, inundaciones, huracanes, tornados, lodo, enfermedad, oscuridad y muerte.
Salgo con el cuerpo cansado y la mente en paz.
Feliz por haberlo disfrutado un día más.
Deseando que el verano no termine nunca.



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