El último encuentro fue en París...
El último encuentro fue en París, llovía a cántaros. Yo estaba cansada de esconderme. De hotelitos y clandestinidad.
Había dejado de engañarme a mí misma.
Solo quería terminar y descansar de ese sentimiento de decepción persistente, por su comportamiento y por el mío.
Él ya sabía que algo no iba bien, la diferencia en mi entrega era palpable. Cuando el hastío me inunda no me quedan fuerzas para disimularlo. Como la dinamo del faro de una bicicleta, que luce con fuerza cuando la rueda gira rápido y se debilita cuando se detiene, por falta de velocidad.
Al verlo, a lo lejos, sentí una punzada de ansiedad. Era tan condenadamente guapo, con el pelo mojado, los ojos brillantes, un abrigo largo que caía desde esos hombros de dios griego, esa manera de andar, como patinando. Lo iba a echar tanto de menos que me dolía el estómago de pensarlo.
Respire hondo y añadí otra capa de indiferencia a mi armadura. Esperé rígida con mi paraguas abierto a que se acercase.
Me sonrió y sentí como el asfalto se abría para engullirme, centímetro a centímetro.
Así que cerré los ojos y dejé que me besara. Una última vez. Larga y dulcemente.
- Aquí no, vamos dentro - me dijo en la calle desierta, bajo la lluvia, tras un amplio y elegante paraguas.
- Es mi despedida, no voy a entrar.
Me miró apenado.
- ¿No?
- No. Se terminó. Yo no quiero seguir en segundo plano. No puedes tenerlo todo, Andrés. La calma y la tempestad. Ya has elegido. Te entiendo, pero se me está pudriendo el alma.
- Sabes que te quiero.
- No lo suficiente. Las migajas no me bastan. Llámame egoísta.
- Perdóname. No puedo...
- Lo sé. Ella no se lo merece. Ni los niños. Pero tampoco yo.
- Ya... No llores.
- Es lo que me nace ahora. Pasará, digo yo.
Me abrazó con fuerza. Hundí mi cara en su cuello e inspiré profundamente, queriendo llevarme un poquito de ese olor para más tarde.
- Quédate. No te vayas así.
- No puedo. Ya no. Te quiero mucho.
- Y yo a ti.
- Cuídate.
- Tú también. Mucho. Por favor.
Me di la vuelta y caminé sin mirar atrás.
Sin pensar. Sin parar. La pena me atravesaba de delante a atrás. Seguí andando horas hasta que la lluvia, el frío y el dolor me calaron completamente.
Nunca volví a verlo.
Se salió de la carretera regresando a casa.
Fue como si yo misma lo hubiera lanzado contra ese árbol.
Un duelo inconfesable, una culpa infinita.
Hace 20 años, hoy.
Había dejado de engañarme a mí misma.
Solo quería terminar y descansar de ese sentimiento de decepción persistente, por su comportamiento y por el mío.
Él ya sabía que algo no iba bien, la diferencia en mi entrega era palpable. Cuando el hastío me inunda no me quedan fuerzas para disimularlo. Como la dinamo del faro de una bicicleta, que luce con fuerza cuando la rueda gira rápido y se debilita cuando se detiene, por falta de velocidad.
Al verlo, a lo lejos, sentí una punzada de ansiedad. Era tan condenadamente guapo, con el pelo mojado, los ojos brillantes, un abrigo largo que caía desde esos hombros de dios griego, esa manera de andar, como patinando. Lo iba a echar tanto de menos que me dolía el estómago de pensarlo.
Respire hondo y añadí otra capa de indiferencia a mi armadura. Esperé rígida con mi paraguas abierto a que se acercase.
Me sonrió y sentí como el asfalto se abría para engullirme, centímetro a centímetro.
Así que cerré los ojos y dejé que me besara. Una última vez. Larga y dulcemente.
- Aquí no, vamos dentro - me dijo en la calle desierta, bajo la lluvia, tras un amplio y elegante paraguas.
- Es mi despedida, no voy a entrar.
Me miró apenado.
- ¿No?
- No. Se terminó. Yo no quiero seguir en segundo plano. No puedes tenerlo todo, Andrés. La calma y la tempestad. Ya has elegido. Te entiendo, pero se me está pudriendo el alma.
- Sabes que te quiero.
- No lo suficiente. Las migajas no me bastan. Llámame egoísta.
- Perdóname. No puedo...
- Lo sé. Ella no se lo merece. Ni los niños. Pero tampoco yo.
- Ya... No llores.
- Es lo que me nace ahora. Pasará, digo yo.
Me abrazó con fuerza. Hundí mi cara en su cuello e inspiré profundamente, queriendo llevarme un poquito de ese olor para más tarde.
- Quédate. No te vayas así.
- No puedo. Ya no. Te quiero mucho.
- Y yo a ti.
- Cuídate.
- Tú también. Mucho. Por favor.
Me di la vuelta y caminé sin mirar atrás.
Sin pensar. Sin parar. La pena me atravesaba de delante a atrás. Seguí andando horas hasta que la lluvia, el frío y el dolor me calaron completamente.
Nunca volví a verlo.
Se salió de la carretera regresando a casa.
Fue como si yo misma lo hubiera lanzado contra ese árbol.
Un duelo inconfesable, una culpa infinita.
Hace 20 años, hoy.


Merci. Esa pena no la cura ni el Alzheimer
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