- No señorita, el billete de avión que usted tiene no es para Santander, es para Bangkok.....

- No señorita, el billete de avión que usted tiene no es para Santander, es para Bangkok.....
- Pero no es posible...
- Y está a punto de finalizar el embarque, dese prisa.
Si es que esto tenía que pasar, tarde o temprano.
No entienden nada, ¿verdad? No queda otra que remontar la historia hacia atrás.
Me llamo Rosalía Gaztambide, tengo 37 años y hace 2 meses que perdí las ganas de vivir.
No se asusten que ni se me murió nadie crucial ni soy responsable de ninguna barbaridad. Fue algo insidioso, una pérdida progresiva del aliento con suspiros cada vez más frecuentes y menos satisfactorios, un peso en los hombros que me hace estar cada vez más encorvada. Digo 2 meses porque ahí fue cuando tomé conciencia, más concretamente tomando unas cañas con amigos, a los que conozco poco y me conocen menos. Es decir, que no eran ni amigos, ni siquiera conocidos. Bromeabamos buscando calor humano y compañía, pero había una distancia insalvable entre nosotros. Estoy sola en el mundo, pensé, y encima yo misma, no me gusto ni un pelo. Y ahí empezó todo.
Yo le llamo la fase de reconocimiento.
La anterior fue la fase de negación o enloquecimiento, en la que hice miles de cosas y ninguna me sirvió, tampoco pienso dar más detalles, que me da fatiga.
El caso es que cuando me di cuenta de que estaba sola y que mi propia compañía me estorbaba, empezaron a pasar cosas extrañas. Esto del billete, es una más, simplemente.
Yo nunca me he dado permiso para necesitar nada ni para concedérmelo. Así que desde que llegó la fase de reconocimiento tengo momentos en los que hago cosas que siempre he querido hacer sin poder evitarlo y o bien viéndome desde fuera, como en una película o bien sin darme cuenta en el momento de la acción y encontrándome de sopetón con las consecuencias. Al principio pensé que era algún tipo de epilepsia o que había algo maligno creciendo en mi cabeza.
Yo siempre he sido muy convencional en mi aspecto, sosita, vamos. Media melena, castaño claro (color ratón de campo, más bien). Gafas de montura de metal por un poco de miopía. Ropa anodina, como pantalones de espiga, jerseys de angorina, camisas blancas, bailarinas o zapatos bajos de cordones, abrigos de paño y bolsos rectangulares cruzados.
Así que cuando en mi peluquería de siempre escuche:
- Solo las puntas, ¿no, Rosalía?
Me vi desde el techo de la peluquería.
Vi mi mano negando en el aire y después señalando la foto de una revista.
Escuche la voz sorprendida de mi peluquera.
- ¿Quieres que hagamos eso? ¿En tu pelo?
Pausa dramática.
Mi cabeza afirma.
- ¿Estás segura?
Oí mi propia voz:
- Nunca he estado tan segura de nada.
- ¿El color también, o solo el corte?
-Todo.
Desde el techo de la peluquería hice un zoom sobre la revista.  Tinte azul turquesa sobre base negro ala de cuervo. Corte indescriptible, con la sien izquierda prácticamente afeitada, largos mechones al lado derecho, flequillo infinito.
Grite desde lo alto, intenté detener la locura, nadie me escuchó.
Mientras el color asentaba, mi yo independiente pidió un tutorial personalizado de ojos ahumados y eye liner hasta dominar la técnica y compró todo producto necesario.
Al salir de allí, me reincorporé a mi cuerpo de forma brusca, como en un aterrizaje forzoso.
Me lleve la mano a la zona rapada, me mire los mechones largos acercándolos a mis ojos, brillaban como las plumas de un pájaro tropical. Quería gritar pero no me salía la voz. Me sorprendí a mi misma seduciendo a un escaparate con mi nueva mirada perfilada y profunda.
Y entonces aprecié la discordancia, parecía una muñeca de la rueda de la moda mal combinada. La cabeza no pegaba con el resto del atuendo. Había que girar los aros inferiores.
Me había vuelto loca. Estaba claro. Así no podía ir a trabajar. Si me presentaba en el médico para contar mi experiencia de despersonalización, me tomarían por esquizofrénica como mínimo.
Decidí refugiarme en mi casa, llamé al trabajo y alegué un malestar intenso y repentino (que no era mentira).
Al principio todo fue bien, conseguí calmarme, decidí que fingiría una alopecia súbita en estudio e iría con un pañuelo tapándome la cabeza. La pena por mi estado de salud impediría demasiadas preguntas.
Busqué mis gafas en el bolso, para distraerme viendo alguna serie. No estaban. Revisé la casa. No aparecían.
Me vino un flash de mi misma tirándolas a una papelera. ¡No! Pero ¿por qué?
Algo me obligó a levantarme del sofá como un resorte, me empujaba una fuerza desconocida por la espalda. Como una autómata me desnudé y me volví a vestir con dos camisetas superpuestas medio andrajosas enseñando un hombro y unos vaqueros medio rotos que esperaban pacientes en una bolsa para ser donados o recortados. Para completar el conjunto, me calcé unas sandalias oscuras de tiras y me pinté las uñas de los pies con un esmalte rojo oscuro que encontré en el bolso donde deberían haber estado mis gafas y no estaban. Aunque me hubieran torturado, no hubiera sabido decir de dónde había salido el frasco.
Los movimientos involuntarios continuaron. Abrí la ventana de mi dormitorio y las puertas del armario y empecé a lanzar metódicamente toda mi ropa a la calle. Un gentío se acercó a lo acumulado en la acera. Avisé que iban zapatos ahora. La gente se apartó.
- ¿Que no lo quieres? - gritó una mujer con los brazos en jarras.
- No, todo vuestro- contesté alegremente.
Una a una fueron desapareciendo todas mis prendas del suelo a 10 metros de mi alcance.
Ni unas tristes bragas quedaron en el armario.
Yo estaba estupefacta por mis acciones.
No era yo. Entonces ¿quién era?
La extraña en la que me había convertido cogió el bolso con cierto desprecio y bajo las escaleras como un ciclón.
En tres tiendas de barrio me hice con lo necesario para volver a vestirme en un estilo difícil de clasificar y nunca antes probado. Una mezcla de tejidos suaves con caída, en extraños colores, algunos tranquilizadores como azul cielo, verde agua, rosa palo, lila, tostados, arenas, y otros vivos, como un disparo, con texturas iridiscentes o partículas brillantes. Todo cabía en una mochila que se apoyaba en mi espalda como si ese hubiese sido siempre su lugar. Un bolso de tela inmenso, donde podría dormir un cachorro, sustituyó al mío, que regalé a una mujer que mendigaba en una esquina, junto con un bocadillo de calamares y un café en vaso de papel.
La mujer me miró con asombro. Pero si ella flipaba, yo ni te cuento.
Volví a casa. Esperaba la siguiente locura, pero durante el fin de semana, no hubo sorpresas. Así que me confié.
Me sentía progresivamente mejor dentro de mi nuevo aspecto. Saboreaba el efecto a causar en la gente que me conocía. Si a eso se le puede llamar conocer.
El lunes me levanté para ir al trabajo y cuando me dirigía hacia mi coche, mi cuerpo cambió de dirección sin que yo pudiera impedirlo.
Subí al primero y llamé a la puerta.
Varias veces porque mi vecino se ve que no me reconocía.
- Paco, soy Rosalía, la del segundo. Me abres?
Me abrió prevenido, con la cadena echada.
- ¿Qué te has hecho? No pareces tú.
- Ya, es largo de explicar. Tú tienes como una hora y media a tu trabajo ¿no?
- Sí, en transporte, claro.
- ¿Y en coche?
- Veinte minutos.
- Pues hala, ya tienes coche - dijo mi boca, y mi mano se metió por la ranura de la puerta y puso las llaves en su mano.
- Joder ¿y eso?
- Ya lo haremos oficial, es el Corsa blanco que está aparcado delante de la tintorería - continuó diciendo la invasora de mi misma.
- No te lo puedo comprar.
- Ni falta que hace. Quédatelo, que me haces un favor.
Y así, con un par, me di la vuelta y me fui andando. Entre liberada porque nunca me gustó conducir y aterrorizada ante lo siguiente que se le ocurriría a aquello que fuera que me había poseído.
Al llegar al trabajo me hicieron corrillo claro, no daban crédito, la anodina administrativa mutada en una suerte de perroflauta. No me tuve que despedir porque ya lo hizo mi otro yo. Al jefe le dijo (o dije), que era un sátiro y que dejase de acosar becarias, so guarro. Al vago, que todos sabían que lo era y que se dejase de hacer nada, que estábamos ya saturados de verle cobrar por venir. Y a la que le cantaba de siempre el alerón se lo explicamos las dos con varios esquemas ilustrativos en la pizarra del estar de personal ignorando su sonrojo.
- Es por tu bien, Maribel, que todos estos hijos de puta se ríen a tus espaldas y no te dicen nada - le espeté - Y yo hasta ahora tampoco, lo sé, pero más vale tarde que nunca.
En el fondo, lo estaba disfrutando, era una mezcla de horror y liberación, como ir sin frenos.
Sin más pedí el finiquito y decidí que me iba a Santander a ver a mi familia.
Compré el billete por Internet, o eso creía yo.
Podría pensar que soy algo torpe con "Skyscanner", pero llegados a este punto, al ver que llevó el pasaporte, la tarjeta de crédito, toda la ropa que poseo, un lápiz, un cuaderno, un libro de poesía, el cargador del móvil y los auriculares, me inclino a pensar que lo de Bangkok, también ha sido idea mía. O de ella. Siempre he querido ir, eso está claro.
- ¿Cuál es la puerta de embarque?
-  La 78. Vuelo QTR150 de Qatar Airways. Tiene 13 minutos. A la derecha, pase los controles y es la quinta a la izquierda, zona E.
- Gracias - le digo, y le echo una sonrisa rutilante.
Ésta no soy yo.
¿O sí?
Camino a la puerta de embarque, saludo a varias personas que lo más probable es que no conozca pero que intuyo que me miran y sin las gafas las veo un poco borrosas. Me responden algunas con voz alegre.
Escapo de mi misma, o mejor dicho de ese cascarón que no me gustaba y que no era yo.
Queda atrás, cada vez más lejos. Echo a correr, feliz y libre de la propia imagen, quizá lo más pesado que llevaba.

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