Y ya van tres veces hoy....
Y ya van tres veces hoy. Estoy flipando. Así que esto es tontear. Nunca había tenido la oportunidad.
La primera vez he mirado hacia atrás, a la pared, que claramente allí no podía haber nadie. No me creía que esa sonrisa fuera para mí. Así que me ha salido una mueca refleja. Y ha seguido sonriendo, diría que lujuriosamente. Un pervertido, he pensado. Un pervertido muy guapo, en realidad. Pero no ha hecho gestos obscenos, solo ha seguido mirándome como si yo fuera una delicatessen, según pasaba.
Diréis que si soy una monjita recién salida del convento. Pues no. Soy fea. Pero mucho. De siempre. No de belleza peculiar, ni con un aire exótico. Fea y punto. Lo tengo asumidísimo. Y no me pienso describir, que me da fatiga. Creedme. Aquí pasa algo raro.
La segunda vez, un tío se ha tropezado por mantenerme la mirada (yo, desde luego, no pensaba apartarla, esto es un fenómeno insólito, sabe Dios cuándo se repetirá), y luego se ha sonrojado. Y sí, también estaba bueno.
La tercera vez, ya me ha matado, ha sido el abogado de la empresa, una especie de semidios al que idolatro en silencio desde que entré a trabajar aquí. Se ha acercado, ladeando la cabeza, estilo pantera negra, media sonrisa, se ha acodado en mi mostrador y después de un corto intercambio de tontunas estilo "nunca te había visto" "esto te lo dirán mucho" y "¿qué haces después del trabajo? ", me ha pedido el teléfono.
Alucinando, estoy.
Ha tenido que ser lo del ascensor. Pero no es posible. Será una cámara oculta. No pienso ir a mirarme al espejo. Ahí me estarán esperando, muertos de risa con el monigote de " Inocente, inocente ". Tiene que ser una broma.
Por ahí viene otro. Uffff. No me fío ni un pelo. Allí hay otros tres, comentando la jugada. La verdad es que se lo han currado, es una broma coral.
Igual estoy trastornada por lo de esta mañana, pero ha sido un meneo y un calambre de nada. O eso me ha parecido. Porque la secretaria del director ha gritado como si le hubieran arrancado una pierna de esas interminables que tiene. No le vendría mal, a ver si deja de mirarnos a todos como si fuésemos insectos. Es un pibón con cara de ángel pero los demás también tenemos derecho a vivir, digo yo.
Me estoy enrollando, perdón. Resumo: el ascensor se ha descolgado como un metro, se han apagado las luces y ha habido como un fogonazo y os juro que la barra a la que me he agarrado me ha pegado un trallazo que casi me ha rizado el pelo.
Uy, uy, se acerca el director, este no está en el ajo que trae cara de pocos amigos.
- Se puede saber que haces aquí, Virginia? ¿Qué tejemanejes te traes con el bicho que me has mandado arriba jurando que eres tú? No he tenido secretaria más eficiente y guapa que tú, que eres una diosa y lo sabes, pero esto pasa de castaño oscuro. Sube inmediatamente y dile a la señorita Martínez (esa sí soy yo) que ocupe la recepción, que no la despido, porque con esa cara, si la echo, muere en la indigencia antes de conseguir otro trabajo.
Le sigo obediente, que remedio, pensando qué habrá bebido, que son las 11:30 de la mañana. Y al entrar al ascensor y verme, no doy crédito. Soy ella, de pies a cabeza, ropa y complementos inclusive. Me muevo y se mueve, hace lo mismo que yo, clavadito. Puede ser un montaje. Si hacen pelis sin actores, pueden hacer ésto.
El Director alucina con mis movimientos de comprobación de identidad. Le pido un selfie. Me mira mal pero lo hace. Y soy yo, o sea ella, es decir mi mente en su cuerpo esculpido y su cara maravillosa.
Toma ya!!
Bruscamente, tomo conciencia del grave peligro. Salgo del ascensor como alma que lleva el diablo. El Director grita a mi espalda. Sigo andando decidida. Abandono el edificio. Y a mi antiguo envoltorio.
A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a ser fea, ni a subirme a un ascensor.
La primera vez he mirado hacia atrás, a la pared, que claramente allí no podía haber nadie. No me creía que esa sonrisa fuera para mí. Así que me ha salido una mueca refleja. Y ha seguido sonriendo, diría que lujuriosamente. Un pervertido, he pensado. Un pervertido muy guapo, en realidad. Pero no ha hecho gestos obscenos, solo ha seguido mirándome como si yo fuera una delicatessen, según pasaba.
Diréis que si soy una monjita recién salida del convento. Pues no. Soy fea. Pero mucho. De siempre. No de belleza peculiar, ni con un aire exótico. Fea y punto. Lo tengo asumidísimo. Y no me pienso describir, que me da fatiga. Creedme. Aquí pasa algo raro.
La segunda vez, un tío se ha tropezado por mantenerme la mirada (yo, desde luego, no pensaba apartarla, esto es un fenómeno insólito, sabe Dios cuándo se repetirá), y luego se ha sonrojado. Y sí, también estaba bueno.
La tercera vez, ya me ha matado, ha sido el abogado de la empresa, una especie de semidios al que idolatro en silencio desde que entré a trabajar aquí. Se ha acercado, ladeando la cabeza, estilo pantera negra, media sonrisa, se ha acodado en mi mostrador y después de un corto intercambio de tontunas estilo "nunca te había visto" "esto te lo dirán mucho" y "¿qué haces después del trabajo? ", me ha pedido el teléfono.
Alucinando, estoy.
Ha tenido que ser lo del ascensor. Pero no es posible. Será una cámara oculta. No pienso ir a mirarme al espejo. Ahí me estarán esperando, muertos de risa con el monigote de " Inocente, inocente ". Tiene que ser una broma.
Por ahí viene otro. Uffff. No me fío ni un pelo. Allí hay otros tres, comentando la jugada. La verdad es que se lo han currado, es una broma coral.
Igual estoy trastornada por lo de esta mañana, pero ha sido un meneo y un calambre de nada. O eso me ha parecido. Porque la secretaria del director ha gritado como si le hubieran arrancado una pierna de esas interminables que tiene. No le vendría mal, a ver si deja de mirarnos a todos como si fuésemos insectos. Es un pibón con cara de ángel pero los demás también tenemos derecho a vivir, digo yo.
Me estoy enrollando, perdón. Resumo: el ascensor se ha descolgado como un metro, se han apagado las luces y ha habido como un fogonazo y os juro que la barra a la que me he agarrado me ha pegado un trallazo que casi me ha rizado el pelo.
Uy, uy, se acerca el director, este no está en el ajo que trae cara de pocos amigos.
- Se puede saber que haces aquí, Virginia? ¿Qué tejemanejes te traes con el bicho que me has mandado arriba jurando que eres tú? No he tenido secretaria más eficiente y guapa que tú, que eres una diosa y lo sabes, pero esto pasa de castaño oscuro. Sube inmediatamente y dile a la señorita Martínez (esa sí soy yo) que ocupe la recepción, que no la despido, porque con esa cara, si la echo, muere en la indigencia antes de conseguir otro trabajo.
Le sigo obediente, que remedio, pensando qué habrá bebido, que son las 11:30 de la mañana. Y al entrar al ascensor y verme, no doy crédito. Soy ella, de pies a cabeza, ropa y complementos inclusive. Me muevo y se mueve, hace lo mismo que yo, clavadito. Puede ser un montaje. Si hacen pelis sin actores, pueden hacer ésto.
El Director alucina con mis movimientos de comprobación de identidad. Le pido un selfie. Me mira mal pero lo hace. Y soy yo, o sea ella, es decir mi mente en su cuerpo esculpido y su cara maravillosa.
Toma ya!!
Bruscamente, tomo conciencia del grave peligro. Salgo del ascensor como alma que lleva el diablo. El Director grita a mi espalda. Sigo andando decidida. Abandono el edificio. Y a mi antiguo envoltorio.
A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a ser fea, ni a subirme a un ascensor.


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