Con chaqueta en pleno agosto.....

Con chaqueta en pleno agosto. Me van a llevar al manicomio, lo presiento. Tengo que conseguir llegar a casa. Y está lejos. Y no tengo un céntimo. Menos mal que llevo las chanclas.
La gente me mira. Yo me agarro bien la chaqueta. Me la cruzo sobre el pecho y entrelazo los brazos. No me puedo sentar y estoy agotada. Si me siento, se va a notar. No es tan larga. Se me va a ver algo.
Joder, que calor, el sol cae a plomo. Yo me la quitaría, ahora mismo. Menudo espectáculo sería. Seguro que aparecía la policía y me llevaba a casa (previo paso por comisaría, claro). Igual no es tan mala idea...
Sigue andando, Aurora. Un pie delante del otro. Vamos.
¿Y si entro al metro?  Puedo saltar los tornos. O colarme detrás de alguien. ¿Y si me ven? ¿Y si me detienen o me piden la documentación? ¡Dios, no!
Estoy sudando. Esta chaqueta huele fatal. Se me pega el pelo a la cabeza. ¿Por qué hay tanta gente? Noto que me miran, mal, muy mal.
Puedo pedir dinero a alguien. Pero me da vergüenza. Camina, Aurora, no te pares. Solo son 10 km, así a ojo. Que sed tengo, y que hambre.
Un surtidor, gracias a Dios. ¡Qué rica el agua, que fresquita! No te inclines mucho, Aurora, que esta chaqueta da lo que da. Me voy a quedar aquí unos minutos, que el próximo surtidor puede estar bien lejos. Así bebo un poco más. Me apoyo un poco en este árbol.
Lo bueno de Madrid es que la gente te ignora. Esto te pasa en Segovia y te consagras. Leyenda te vuelves.
Lo que daría ahora por un móvil, joder.
Tengo muchas ganas de llorar. No es justo, joder.
¿Y esa señora? No para de mirarme. ¿Me conocerá? Debo estar haciendo pucheros o algo. Mierda, viene para acá.
- Buenas tardes
- Buenas...
- Tiene usted mala cara ¿se encuentra bien? ¿la puedo ayudar en algo?
Me echo a llorar, no puedo evitarlo. Soy un río de lágrimas.
La señora me agarra de la mano y la aprieta.
- Ande, venga conmigo, algún arreglo tendrá lo que le pase.
No digo nada. La sigo como un perrillo abandonado.
Salimos del parque del surtidor. No me suelta la mano. Camina despacito, resuelta, sabe a dónde va.
- Vamos a mi casa, que está aquí mismo. No tenga miedo que yo no le voy a hacer ningún mal. ¿Quiere decirme su nombre? Yo me llamo María, soy maestra jubilada.
- Aurora, me llamo Aurora.
- Encantada, Aurora. No llore, mujer, que me parte el corazón. Mire, ya estamos. Es un cuarto sin ascensor, pero yo la ayudo. Madre mía, le han hecho sangre esas chanclas.
Venga, agárrese a mi brazo. Un pasito, otro pasito.
La piel del brazo de María es muy suave, está seca y tibia. Me agarra con firmeza. Siento que las fuerzas me abandonan. Mi cuerpo se sacude por los sollozos. Me sujeta la cara con la mano y me obliga a mirarla.
- Vamos, Aurora, un piso más y llegamos. Todo tiene arreglo, menos morirse y usted esta viva. Arriba, mujer.
Me recompongo como puedo y sigo adelante.
María abre la puerta de su casa. Está en penumbra, fresca, huele bien.
Me lleva directa al cuarto de baño. Abre el grifo de la bañera, templa el agua y coloca el tapón. Me sujeta por los hombros y me sienta con suavidad. Se agacha y me quita las chanclas con sumo cuidado. Yo estoy abrazada a mi misma, soy todo una con mi chaqueta.
María me agarra las manos y se inclina para que la mire.
- Aurora, te voy a quitar esta chaqueta, si me permites. No te de vergüenza, cariño, que tenemos todas lo mismo.
Me dejo hacer. María deja la chaqueta en el suelo y me ayuda a entrar en el agua.
- Ahora el agua se va a llevar todo lo malo, Aurora. No me tienes que contar nada, aunque si te hace bien, yo te escucho.
Yo me quedo muy quieta y ella me enjabona con mimo y me aclara el cabello. Frota mi espalda y mis pies. Me ayuda a ponerme de pie y salir del agua. Trae una toalla amplia, que huele a suavizante y es áspera, de color verde clarito. Quita el tapón y me señala el remolino que se forma.
- Por ahí se va todo lo malo, Aurora, la sangre, la suciedad, el sudor y las penas.
Me seca el cabello, me peina, me trae ropa limpia, sencilla y que no es de mi talla exacta, pero me va bien. Me visto despacio.
Me sienta en el sofá y me trae un café con leche y unas torrijas. Como lentamente, con pequeños mordisquitos y bebo el café a sorbitos.
Me retira la bandeja.
- Ahora duerme un ratito, Aurora. Que lo necesitas.
Me ahueca los cojines y enciende un ventilador en una esquina de la habitación.
- Muchas gracias, María, eres un ángel - digo mientras siento que el sueño se apodera de mi. La veo sonreír.
- Hoy por ti y mañana por mí.

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