No puedo evitar tocar los bolsos de la gente....

No puedo evitar tocar los bolsos de la gente.
Es que es una manía que yo tengo.
Necesito apreciar la textura. Los que más me gustan son los suaves y flexibles, de cuero (eso me crea un dilema moral con el tema del sufrimiento animal, que no resuelvo). Los de plástico, no. Me dan dentera. También hay telas que me pasaría la vida acariciando.
El tacto es mi sentido más desarrollado.
Conste que intento limitarme a bolsos de gente conocida.
En realidad no estoy siendo sincera. Lo intento pero no lo consigo. En el metro ya he tenido varias movidas. Con lo paranoica que es la gente con los robos, explica tu que solo querías tocar el bolso. Pero me da tanta paz.
Normalmente intento entablar conversación, alabo el aspecto del bolso, pregunto de qué tienda es, si es de temporada, y pido permiso educadamente, en plan "si me gusta el género, voy a comprarlo". Digo cosas como: "es que estoy buscando un regalo para mi hermana y me parece ideal" o "es que lo he visto por Internet pero en tienda física está agotado, y claro, sin tocarlo es difícil decidir".
Pero hay veces, en especial en hora punta, que va el vagón como fiesta patronal, que la mano se va sola, noto un hormigueo en las puntas de los dedos y todo mi cuerpo se recoloca mediante movimientos seriados tan leves que resultan prácticamente imperceptibles, hasta que las yemas alcanzan el objeto. Es apenas deslizarlas unos centímetros, con suavidad, y la calma me inunda profundamente.
Una vez le pague 10 euros a una chica para que me dejase tocar su bolso, porque ya me miraba mal y yo me moría de ansiedad por ponerle la mano encima.
Me diréis que vaya a una tienda, al Corte Inglés, que tiene una campa llena de bolsos y que me harte de sobarlos, pero eso no me vale. Esos bolsos nuevos no tienen vida. Son los bolsos de la gente los que deseo tocar. Los que ya han sido elegidos. Esos tienen alma.
Cuando se da la extraña circunstancia de que me atrae o me produce curiosidad la persona que lo lleva y también su bolso, es increíble la sensación.
Me diréis que vaya al psiquiatra, pero ¿y si me cura? ¿y si me quita lo que más me gusta? Seguro que lo ve como una filia, o algo oscuro, perverso, con connotaciones sexuales. No hay nada de eso. Esa gente tiene la mente enferma a base de ver desgracias.  Si voy me tratarán como a un pastor alemán, intentando inducir un reflejo condicionado aversivo, quizá con un bolso irresistible conectado a un circuito eléctrico. O me darán una medicación con regusto metálico que no me deje revolver la lengua dentro de la boca y me provoque una mirada bovina y total desinterés por el entorno.
O me encerrarán en una habitación con paredes forradas de capitoné, sin bolsos en kilómetros a la redonda, porque ni las malvadas enfermeras, ni el director del centro ni sus esbirros, los usarán.
Quizá exagero, pero me apuesto a que lo mío aparece en el DSM V...
A mí me hace feliz. ¿Qué mal hago a nadie?

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