En África eso es un agravio........

- ¡En África eso es un agravio! ¿Cómo vas a dejar comida en el plato? - me espetó con los brazos en jarras.
- Mamá, por favor - supliqué - mi cuerpo tiene una capacidad limitada. Y además eres tú la que no paras de servirme más. Y no estamos en África, tampoco.
Una sopita de cocido, para entrar en calor. Ensalada, croquetas, filetes de pollo empanado, torrijas...
- No me cabe, mamá - repito una y otra vez.
- Pero ¿no te gusta? - pone auténtica cara de preocupación, como si hubiera perdido su toque.
- Sí, está muy rico, pero ya he comido mucho, de verdad.
- ¿Un plátano? ¿Mandarina? Mira que pasteles tan ricos ha traído tu padre. ¿Un poquito de queso? Tendrás que tomar postre...
- De verdad que no puedo más. Luego, para merendar.
- ¿Y una oncita de chocolate? Tampoco querrás - dice elevando la mirada al techo con resignación.
Esto me recuerda al día de la boda de mi hermana, en medio del revuelo de los últimos preparativos, hacia las once de la mañana, todos ya de tiros largos, la madrina de mi padre, preocupadísima por el aspecto asténico de mi pareja, le ofertaba toda clase de viandas, que él rechazaba. Sin querer darse por vencida hizo un último intento de alimentarle como Dios mandaba, que imaginaría irresistible: ¿Te frío un huevo, majo? Esa frase sigue en vigor en mi casa cuando alguien de tan atento, se pone cansino.
Y mi suegra sostiene con firme convicción, que el comer, descansa.
Entiendo que alimentar es un acto de amor, de cuidado. Desde amamantar a hacer unas rosquillas.
Ese "¿Has comido? " no es reproche, es su manera de intentar reconstruirte cuando te ven sobrepasada, desgastada o sin esperanzas.
Es un abrazo con sabor y textura.
Hace unas semanas mi hija volvió del colegio triste, por varios motivos, y yo al ver que hablar, hacerle cariños y bromear no la sacaban de ese estado, llené la bañera de agua caliente y le preparé un Cola-cao y una tortilla de pan.
Mano de santo.

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