Se despertó sabiendo que era el último día de su vida....

Se despertó sabiendo que era el último día de su vida. Y que lo iba a pasar como una reina.
Buena era ella.
Ya lo tenía asumido. No estaba dispuesta a apagarse lentamente, cada vez más dependiente, con dolor y sufrimiento. Había visto demasiadas agonías a lo largo de cuarenta años de profesión.
Y la residencia le horrorizaba igualmente.
En especial la cara de pena de los familiares en las horas de visita.
Ella había tenido una buena vida, con amor y alegría. No la iba a defenestrar ahora.
Se desperezó en la cama, le encantaba el tacto de las sábanas frías y suaves en los pies. Una tenue claridad se filtraba por los márgenes de la persiana.
Un día de sol - pensó-  ¡Qué regalo!
Se levantó, se cubrió con una bata fina y deslizó los pies en las chinelas.
Levantó la persiana y abrió la ventana. Inhaló el aire frío de la mañana y observó su pequeño jardín, despertándose al día.
La gata bajó de los pies de la cama y se estiró, emitiendo un bostezo. Subió al alféizar con elegancia y comenzó a acicalarse, coqueta.
Ángela la acarició hasta sentir el ronroneo en su mano y luego abandonó la estancia, con los finos visillos casi transparentes ondeando con la brisa leve.
Dejó el agua correr, atenta al sonido. "Cuando el agua está caliente, suena diferente". Una teoría no comprobada que sostenía desde hacía mucho tiempo y que hacía reír a su hija por la rima y lo absurdo.
Mientras la bañera se llenaba, cambió las sábanas. Blancas, bien planchadas. Tenía pocas manías a sus años, pero las camas perfectamente simétricas, eran una de ellas.
Observó el resultado y suspiro satisfecha.
Dejó caer su ropa al suelo y se introdujo en la bañera, con agua muy caliente. Gimió de placer. Permaneció un tiempo inmóvil, centrada en respirar, totalmente relajada. Después se enjabonó con detalle, con el "gel de crema fresca de melocotón ", regalo de la más pequeña de sus nietas, Lucía, un chorro de luz y energía. Olía de maravilla, daba ganas de pegarle un trago. Que hambre tenía, por cierto.
Salió de la bañera con cuidado, solo le faltaba resbalar ahora para terminar con la cadera rota y su plan destrozado. Con lo pesado que se había puesto su hijo con que lo cambiara por un plato de ducha. "Mamá, te vas a matar". Así no, pensó ella.
Se secó con sus toallas rasposas, se vistió con ropa interior a conjunto, un vestido bonito y sandalias. Se colocó los rulos.
"Deja un bonito cadáver"- murmuró, y se rió de su propia ocurrencia.
Se preparó un desayuno completo con zumo de naranja, té negro muy caliente con leche y una tostada con una gruesa capa de mantequilla dorada y mermelada de melocotón. Antes de sentarse, sirvió a la gata su comida entre desesperados maullidos.
- Ya voy, ya voy, que impaciente eres, animalillo.
Desayunó mirando por la ventana.
Fregó los cacharros y salió al jardín.
Pasó las siguientes horas regando y cuidando sus flores y plantas. Sabía que en unos días nadie se ocuparía de ellas. Después confiaba en que su nieto Martín, que  tenía buena mano, se haría cargo.
Se cansaba, así que de cuando en cuando se sentaba y leía un par de páginas.
Esperaba que allá donde fuese, hubiese libros. La lectura era una puerta que le había dado momentos sublimes. Una biblioteca era para ella un santuario.
Comió frugalmente, un té, pan y queso. Echó una pequeña siesta en su butaca, con el libro en su regazo. Repasó sus últimas voluntades, el informe médico y la carta de despedida. Las guardó en la mesilla de la izquierda, la de Marco Antonio. Mira que le había pedido morirse ella primero, pero ese capricho no se lo dio. Hacia 5 años ya y aún lo extrañaba. "Mi Cleopatra", la llamaba bajito. Y ella reía como una cría.
Termino de peinarse y maquillarse sin excesos. Siempre le habían gustado las viejecitas arregladitas.
A las cinco llamaron a la puerta. Tres chicas espigadas vestidas de negro, serias y profesionales. Y dos muchachos fuertes.
- Buenas tardes. Por aquí, por favor. Quiero la mesa aquí, en el centro del jardín. La vajilla buena, la cristalería y la cubertería están en el aparador del salón, y en el primer cajón, la mantelería. Les acompaño a la cocina.
Los jóvenes se desplegaron por la casa, eficaces, trayendo lo necesario de su furgoneta para disponer la mesa, las luces y la música, según lo acordado.
A las ocho comenzaron a llegar los invitados, risas, abrazos, bullicio de niños, la vida inundó la casa. Trece personas, familia querida y mejores amigos. Se sirvió una cena deliciosa, de pequeños bocados escogidos con esmero. Brindaron. Le cantaron el cumpleaños feliz de Pipilanstrum y varias canciones a pleno pulmón. Bailaron. Jugaron a las películas. Rieron juntos. Se derramó vino por la mesa. Los niños se pelearon e hicieron las paces. La gata se escondió en el armario.
A las doce comenzaron a irse. Los abrazó y besó a todos con cariño infinito. La última que se marchó, fue su hija mayor. La mantuvo abrazada unos segundos más.
- ¿Estás bien, Mamá? - dijo mirándola fijamente.
Siempre habían tenido una conexión especial. Prácticamente leía en su cabeza.
- Sí, cariño. Te quiero mucho, hija. Que no se te olvide.
- ¿Estás llorando?
- No, cariño. Me emociona que hayáis venido todos.
- Ven aquí.
La abraza y la besa varias veces. Tan dulce y tan buena.
- ¿Me quedo contigo?
- No, mi niña, ya me voy a dormir. Vete tranquila.
- Está bien. Te quiero.
- Y yo a ti.
Los jóvenes de negro terminan de recoger y se despiden. Les da una propina generosa a cada uno de ellos.
Sube a su habitación. La puesta en escena ha sido magnífica. Se siente orgullosa.
Queda lo más difícil. Prepara el compresor, las agujas y las jeringas sobre la mesilla derecha, la suya. Agita los frascos de los medicamentos y los carga con habilidad.
Se coloca el compresor, canaliza la vena a la primera, sin derramar una sola gota, sonríe para sí, complacida por mantener su habilidad aún.
Un sollozo sube por su pecho. No quiere irse. Tampoco quiere lo que viene si no se va.
Duda. Piensa en los que se quedan. Llora. Grita de rabia. La gata se acerca y la olisquea.
Está muy cansada. Toma las dos jeringas y las vacía en su vena una tras otra, con decisión.
Se recuesta, siente como se reparten las medicinas por su cuerpo, latido a latido. Como una sensación de languidez se apodera de ella.
- Ya no quiero jugar más- susurra.
Sus ojos se cierran.
La gata se acurruca a su lado.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares