Mi madre se ha pillado el pelo con la puta minipimer.....

Mi madre se ha pillado el pelo con la puta minipimer. No está en lo que celebra, esta mujer.
Que solo quería hacerse una "trenza rowling", me dice. Que lo ha visto en Pinterest.
Tiene más redes sociales que yo, mi madre.
Si tuviera que definirla en una sola palabra, sería indomable. Hace lo que le viene en gana.
Yo de mayor, quiero ser así.
Y el caso es que es imposible enfadarse con ella. Esa mirada de cervatillo élfico te desarma. Es tan etérea, que camina sin tocar el suelo. Se concentra en lo que hace de tal forma, que parece fuera del mundo. Y en el momento que te percibe cerca, lo deja todo, te mira con esos ojos insondables y traviesos y sonríe, iluminando el mundo.
Sea lo que sea lo que haga, le presta atención plena. Es minuciosa, delicada, muy hábil con las manos. Le encantan las flores, las plantas y los animales. Los niños la siguen por todas partes, como hechizados, dando saltitos.
Es preciosa, con sus vestidos largos, ligeros, que acompañan sus movimientos elegantes,  su cabello largo, a veces suelto y otras recogido con descuido con una varilla de madera o un pañuelo de seda.
Mi padre la protege como si fuese sonámbula. Quitando de enmedio cualquier obstáculo. "Tu madre no es de este mundo", dice. Yo creo que ningún otro hombre hubiera podido mantenerse a su lado tantos años. La adora y la deja ser.
Yo de mayor (o ya mismo), también quiero eso.
Evidentemente, mi padre hoy no estaba en casa cuando a ella se le ha ocurrido la brillante idea de llevarse la minipimer al cuarto de baño. Estaba supervisando la construcción del invernadero. Para que su hada pueda cultivar más flores y no pase frío.
Aparco delante de casa de cualquier manera. Mi padre me abre. Pálido y serio.
- Está en el cuarto de baño, cariño, menudo susto.
- ¿Pero está bien?
- Sí. Hay un poco de sangre, tranquila.
Tranquilísima estoy, como una balsa, vamos.
Subo las escaleras de 3 en 3 y ahí está ella. Sentada, majestuosa con la minipimer colgando del pelo enmarañado sujetándose un pañuelo contra la parte posterior de la cabeza. Sangre seca en su pelo y finas gotas esparcidas a su alrededor, por el suelo, el espejo y su ropa.
Mi corazón se acelera, me queman los ojos.
Quiero llorar pero no quiero asustarla más.
- Cariño! Lo siento mucho, hacerte venir así... - le tiembla un poquito la voz - Estoy bien. Parecía más fácil en el vídeo, de verdad que sí. Y quedaba tan bonito.
- Mamá, por Dios. ¿Cómo se te ocurre?
- A ver si puedes salvar algo, mi niña, que tu eres una artista.
Tengo un don, eso es cierto, cortar el pelo, de eso vivo y por eso me han llamado. Si no, seguro que me lo hubieran ocultado, estos dos. El pelo es una seña de identidad de mi madre, pero no sé que voy a poder rescatar.
Menuda escabechina. La minipimer se ha ensañado bien.
Primero revisó la herida, levantando con cuidado el pañuelo. Afortunadamente no es profunda, falta un trocito de cuero cabelludo que ha arrancado la maldita máquina junto con un buen mechón de pelo. Apenas sangra ya, es superficial.
- Te duele mucho?
- No, mi amor, no te preocupes.
Procedo a cortar la parte del pelo que no es posible desenredar de las cuchillas. Mi madre me observa a través del espejo. Veo una lágrima que rebosa y se desliza por su mejilla hasta la boca. Se muerde el labio para no llorar, como una criatura.
- No llores - le susurro al oído abrazándola por detrás- te voy a dejar guapísima.
- Soy una boba, si ya a mis años nadie lleva una melena tan larga, yo sé que parezco una lunática...
- Envidia que tendrán. Hay que tener tu pelazo y tu carácter para llevarlo así. Ahora vamos a lavarlo.
La giro y coloco toallas para que apoye la nuca en el borde del lavabo. Templo el agua y dejo que arrastre la sangre. Enjabono y masajeo con delicadeza. Aclaro con agua tibia, refresco la herida y comprimo con una gasa limpia hasta que cesa por completo el sangrado. Después seco el cabello con suavidad y lo desenredo evitando la zona lastimada. Un buen trasquilón, tenemos aquí.
Con reverencia, saco mis tijeras y mi peine. La miro, giro a su alrededor y entonces, una vez más, sucede. Veo el corte bajo su pelo húmedo y lacio. ¿Recordáis esa escena de Eduardo Manostijeras? Yo me sentí plenamente identificada.
- ¿Me das permiso? Más corto va a quedar...
- En ti confío, hija. Nunca te dejaba más que arreglarme las puntas... Iba siendo hora.
- Cierra los ojos y no te muevas.
Entro en trance. Soy feliz cuando alguien se pone en mis manos. Y hago honor a esa confianza. Tris, tras, tris, tras. Finos mechones plateados van cayendo. El cabello va perdiendo humedad y tomando su lugar. Se destacan los pómulos altos, enmarca su rostro ovalado, emerge su cuello largo y elegante. Mi padre se acerca y me observa trabajar.
Secador frío, lejos de la raíz, un mínimo retoque en la parte herida.
- Abre los ojos, mamá.
Se mira largamente, repentinamente se levanta y se echa en mis brazos para besuquearme una y otra vez. Río complacida.
- Eres una artista, Jenni- me dice mi padre emocionado - yo pensaba que no se podía ser más guapa y resulta que sí.
Ella lo mira y se ruboriza como una colegiala.
Y en ese baño salpicado de sangre y trozos de cabello cortado a tijera, con una minipimer inservible y dos enamorados de más de 70 años, siento el tiempo suspendido y alegría pura en mi corazón. De la suerte de tenerlos, de estar aquí en ese preciso instante.

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