¿De dónde viene esa melodía?
¿De dónde viene esa melodía?
Aquí no hay nadie, aparte de mí. Vaya, ya no se oye.
Manda narices que tenga que ser yo la que haga esto. Adecentar la casa de la suegra de mi hermano. A cualquiera que se lo digas...
Mi hermano Carlos es un triunfador, un tío guapo, con carisma, investigador. Lógicamente ha terminado en Estados Unidos, porque aquí se pudría desaprovechado. Allí residen también su encantadora esposa y sus dos preciosos niños de cabello ensortijado y mofletes de mordisco, niño y niña, por supuesto.
La madre de mi querida cuñada, nos ha dejado, hace un par de meses. Vamos, que ha muerto, que tan fina me pongo, no se me entiende.
Y adivinad a quién le ha correspondido el privilegio de poner en orden su casa en un pueblo de Cuenca. "A ver si la vendemos, que nos vendría muy bien el dinero, aquí la vida es carísima".
A la tonta de la familia, efectivamente, como siempre. Esto me pasa por tener debilidad por el emigrante.
Ahora, esto no lo venden ni en 20 años.
Mi adorable cuñada, siempre a la última, me ha enviado por whatsapp una serie de recomendaciones para la venta de inmuebles con perlas cómo: "convierta la vivienda en un lugar impersonal para que cualquier persona pueda sentirse como en su propia casa", "ponga flores frescas" o mi favorita, "hornee pan o un bizcocho antes de las visitas para crear hogar". Es que me descojono.
La casa está a cuarenta kilómetros de Cuenca capital, en una finca a tres kilómetros de Ninguna Parte, que es como se podría llamar al pueblo más cercano, que aún tiene los adornos de la Navidad de 1985 sin retirar de las calles y quizá quince a veinte habitantes de más de setenta años, atisbando tras los visillos.
Es una casucha distribuida en dos plantas, con unas escaleras empinadas pa'haberse matao, tres dormitorios para pigmeos con un baño en la planta superior y en la planta baja, un salón comedor (toma open concept rural) y salita de estar, con su tresillo y sus tapetes de ganchillo.
No me explico donde ponía mi cuñada esas piernas kilométricas que tiene, en está casita de Pin y Pon.
¡Otra vez la melodía! Se me eriza la piel.
La primera vez estaba tan concentrada que apenas le presté atención. Intento localizar de donde proviene pero se interrumpe súbitamente.
No perdamos la calma. Seamos racionales.
Continúo retirando adornos de porcelana de las estanterías y peluches de encima de las camas. Me queda claro que a la señora Engracia le gustaban las representaciones de perros en cualquier formato y tamaño. Un pierrot en relieve, brillante de barniz me mira con su cara de pena desde la pared.
La música vuelve a sonar. Me quedo muy quieta con la bolsa de basura en la mano. Continúa sonando. Es un bolero, creo.
Dejo la bolsa cuidadosamente en el suelo y alcanzo a subir dos escalones cuando vuelve a parar. Me quedo con un pie en el aire, pero no se oye nada.
Esto tiene que tener una explicación. Abro las ventanas para inspeccionar los alrededores. Ningún coche, salvo el mío. Voy a por el bolso, el móvil no suena, compruebo que no haya una aplicación músical abierta. Me acerco al coche, la radio tampoco es.
Otra vez suena, es en la casa porque aún estoy dentro del coche y tengo el móvil en la mano. Conozco esa canción. Tarán, tarán, tarán... No me acuerdo de la letra, pero la conozco. Joder, que mosqueo. Ya no se oye.
Voy a terminar de recoger lo más cantoso, hago las fotos para idealista y me largo.
Vengo con fundas nórdicas y flores artificiales del Ikea, que le van a quedar a estos muebles como a un Cristo unas pistolas.
Mientras coloco el escenario, una puerta se cierra bruscamente abajo. Habrá corriente. Aunque fuera no hace ni gota de viento. Bajo a cerrar, la escalera es de vértigo, me agarro fuerte al pasamanos, solo me falta romperme aquí una pierna.
La melodía suena arriba otra vez, nítida. Subo corriendo, llego jadeando. En el distribuidor al que dan las puertas de las tres habitaciones y el baño, hace mucho frío. Un frío extraño. Inesperado. Fuera de lugar.
Viene de la habitación de la señora Engracia. Y la música sigue sonando.
Medito mi siguiente movimiento. Esto me empieza a recordar a una película de terror de las de siempre. ¿Por qué bajas al sótano, Susan? ¿Si está clarísimo que no vas a salir viva, chiquilla?
Pero estamos en Castilla- La Mancha, no Elm Street. Eso lo cambia todo, en mi humilde opinión. ¿O no?
Además huele raro. Raro pero mal. A rata muerta, diría yo. Pero tampoco soy una experta. Yo soy cocinera y muy limpia, no como esos seres deleznables del programa de Chicote, que no limpian los churretes de la campana y guardan trozos de tocino rancio en los rincones.
En serio que no me quiero sugestionar, pero esto no es ni medio normal. Miro debajo de la cama con la linterna del móvil: pelusas, una alfombra enrollada, un orinal (limpio, gracias a Dios).
¡Otra vez la melodía! Viene del armario, claramente. Tiene 3 cuerpos y un espejo central. Abro las puertas laterales. En la izquierda hay tres estantes, con ropa de cama. Engracia otra cosa no, pero era muy ordenada. En el congelador todo está etiquetado: Merluza, 200 g, 15 de Marzo; Redondo de ternera, 500 g, 20 de Febrero; Verdinas con almejas, dos raciones, 1 de Marzo. Perdón, que me distraigo, con el orden.
Me quedo quieta, escucho. Silencio. Me veo reflejada en el espejo, algo despeinada, en tensión. Rectifico mi posición, estiro la espalda poniendo ambas manos en la zona lumbar, me colocó un mechón rebelde tras la oreja, me veo guapa y todo, el negro me sienta bien, parece que vengo a robar la casa, así tan ajustada.
Otra vez la melodía, me sobresalto y brinco ridículamente. Suena tras la puerta de la derecha. Respiro hondo agarrada al tirador y la abro. Tiene un estante arriba con chaquetas de lana perfectamente alineadas, un pequeño tocador a la altura de la vista sobre una cajonera. En el tocador hay un espejito de aumento, varios tarros de crema, un frasco tallado de perfume ambarino ("Joya", de Myrurgia, no esperaba menos), un librito con llave y una caja de madera oscura, labrada, con una letra E mayúscula tallada en la tapa. La melodía procede de la caja, sin duda.
Con delicadeza levanto la tapa y una figurita de porcelana de una mujer de ojos oscuros, pestañas pintadas, con mantilla y un ramito de flores empieza a girar. La miro hipnotizada. La melodía se distorsiona a medida que la pequeña folklórica se detiene. Le doy cuerda intentando evocar la letra de la canción. Sé que me la sé, la tengo en la punta de la lengua.
Olisqueo el aire, otra vez ese olor desagradable. El armario está tabicado. Me queda la puerta del espejo por abrir. Procedo.
El olor me golpea como una bofetada.
Hay ropa colgada en sus perchas, pulcra y bien planchada y 3 pares de zapatos con las punteras hacia la puerta, lustrados.
¿Se habrá metido un gato a morirse ahí? Como mínimo...
La peste me hace toser.
Abro las ventanas. La caja de música arranca sola otra vez. Tarán, tarán, tarán...
Bajo a por unos guantes, no estoy dispuesta a tocar con las manos ningún animal en descomposición.
Separo a un lado las perchas. Ilumino el fondo del armario con la bendita linterna del móvil. Ningún gato muerto. Solo hay un paquete, envuelto en papel de regalo de florecitas azules, es un cubo de unos 35 cm. de lado. Lo saco del armario y lo apoyo en la coqueta. Tiene una etiqueta escrita a mano, en la misma letra pulcra de los envoltorios del congelador. Reza " De la Encarna. 18 de Febrero. Regalo de Aniversario para el Cosme. Esconder hasta que me lo pida".
Seguro que eran viandas y claro, la pobre señora Engracia se murió a mediados de marzo, después de un mes en el hospital. Y ya estamos en mayo.
Me da ganas de tirarlo al contenedor tal cual, incluso llegó a meterlo en una bolsa de basura. Pero la melodía suena a intervalos regulares, hipnótica. Algo me escama. Empiezo a abrir el envoltorio, enfundada, en mis guantes de fregar, ayudándome con unas tijeras. Debajo del papel de regalo hay plástico, tipo film, muchas capas. Voy cortando una a una. Me impaciento y corto varias de un tijeretazo. Se muestra el cartón de la caja. Liberó la tapa superior y la abro.
Un olor indescriptible por nauseabundo se libera. Veo mechones de pelo. Retrocedo gritando. Cierro la puerta de la habitación y me tiro prácticamente escaleras abajo. Me arranco los guantes. Me lavo las manos frenéticamente y me escucho gritar, de asco, de miedo, desde el fondo de mi garganta.
Vuelvo a mi coche, lloro de puros nervios y finalmente consigo serenarme. Llamo a la Guardia Civil, dos agentes se personan en 20 minutos. Un hombre mayor canoso y otro joven, con gafas de montura metálica y pose condescendiente.
Explico lo sucedido, temblorosa.
Suben a la casa y vuelven a bajar, Sargento Canoso viene grisáceo, Cabo de Vuelta de Todo, verdoso (vomita discreto detrás de unos árboles y vuelve carraspeando).
- Esto explica muchas cosas - dice Sargento Canoso.
- ¿Qué cosas? - pregunto yo con el ceño fruncido.
- El Cosme no aparece desde principios del mes de febrero. Dejó una partida apalabrada, que en la vida, él era de fiar.
Hace una pausa, agitando la cabeza y chasqueando, para reforzar la idea de cambio en el proceder habitual del Cosme.
- Su mujer, la Encarna - prosigue- empezó diciendo que se había ido a ver a unos primos de Santander, después que se había ido con el Imserso a Benidorm y que ella no estaba para esos trotes. Luego empezaron los reclamos de la familia de él, que al principio se quedaron tranquilos con unos mensajes de texto que decía que estaba bien, que se iba fuera un tiempo, pero a base de llamarle y no recibir respuesta, se fueron alarmando. La Encarna dijo entonces que se había fugado a Cuba con una fulana y le registramos la casa, pero no encontramos nada sospechoso.
- Así que esa debe ser la cabeza de Cosme, ¿no? - concluyo yo.
- Tiene toda la pinta, si le soy sincero - afirma Sargento Canoso.
Cabo de Vuelta de Todo tiene una recaída y termina de arrojar el desayuno detrás del coche patrulla.
Y la hija de puta de la Encarna, envuelve la cabeza del Cosme para regalo y le pide a la Engracia que se la guarde en el armario, que es su regalo de aniversario.
Vivir para ver. Toma España profunda.
A ver como se lo explico a mi hermano y mi cuñada.
Mientras los agentes llaman al juez, espero apoyada en mi coche. De repente en mi cabeza escucho la melodía y me sobreviene la letra:
"Siempre que te pregunto
Que cuándo, cómo y dónde
Tu siempre me respondes
Quizás, quizás, quizás"
Aquí no hay nadie, aparte de mí. Vaya, ya no se oye.
Manda narices que tenga que ser yo la que haga esto. Adecentar la casa de la suegra de mi hermano. A cualquiera que se lo digas...
Mi hermano Carlos es un triunfador, un tío guapo, con carisma, investigador. Lógicamente ha terminado en Estados Unidos, porque aquí se pudría desaprovechado. Allí residen también su encantadora esposa y sus dos preciosos niños de cabello ensortijado y mofletes de mordisco, niño y niña, por supuesto.
La madre de mi querida cuñada, nos ha dejado, hace un par de meses. Vamos, que ha muerto, que tan fina me pongo, no se me entiende.
Y adivinad a quién le ha correspondido el privilegio de poner en orden su casa en un pueblo de Cuenca. "A ver si la vendemos, que nos vendría muy bien el dinero, aquí la vida es carísima".
A la tonta de la familia, efectivamente, como siempre. Esto me pasa por tener debilidad por el emigrante.
Ahora, esto no lo venden ni en 20 años.
Mi adorable cuñada, siempre a la última, me ha enviado por whatsapp una serie de recomendaciones para la venta de inmuebles con perlas cómo: "convierta la vivienda en un lugar impersonal para que cualquier persona pueda sentirse como en su propia casa", "ponga flores frescas" o mi favorita, "hornee pan o un bizcocho antes de las visitas para crear hogar". Es que me descojono.
La casa está a cuarenta kilómetros de Cuenca capital, en una finca a tres kilómetros de Ninguna Parte, que es como se podría llamar al pueblo más cercano, que aún tiene los adornos de la Navidad de 1985 sin retirar de las calles y quizá quince a veinte habitantes de más de setenta años, atisbando tras los visillos.
Es una casucha distribuida en dos plantas, con unas escaleras empinadas pa'haberse matao, tres dormitorios para pigmeos con un baño en la planta superior y en la planta baja, un salón comedor (toma open concept rural) y salita de estar, con su tresillo y sus tapetes de ganchillo.
No me explico donde ponía mi cuñada esas piernas kilométricas que tiene, en está casita de Pin y Pon.
¡Otra vez la melodía! Se me eriza la piel.
La primera vez estaba tan concentrada que apenas le presté atención. Intento localizar de donde proviene pero se interrumpe súbitamente.
No perdamos la calma. Seamos racionales.
Continúo retirando adornos de porcelana de las estanterías y peluches de encima de las camas. Me queda claro que a la señora Engracia le gustaban las representaciones de perros en cualquier formato y tamaño. Un pierrot en relieve, brillante de barniz me mira con su cara de pena desde la pared.
La música vuelve a sonar. Me quedo muy quieta con la bolsa de basura en la mano. Continúa sonando. Es un bolero, creo.
Dejo la bolsa cuidadosamente en el suelo y alcanzo a subir dos escalones cuando vuelve a parar. Me quedo con un pie en el aire, pero no se oye nada.
Esto tiene que tener una explicación. Abro las ventanas para inspeccionar los alrededores. Ningún coche, salvo el mío. Voy a por el bolso, el móvil no suena, compruebo que no haya una aplicación músical abierta. Me acerco al coche, la radio tampoco es.
Otra vez suena, es en la casa porque aún estoy dentro del coche y tengo el móvil en la mano. Conozco esa canción. Tarán, tarán, tarán... No me acuerdo de la letra, pero la conozco. Joder, que mosqueo. Ya no se oye.
Voy a terminar de recoger lo más cantoso, hago las fotos para idealista y me largo.
Vengo con fundas nórdicas y flores artificiales del Ikea, que le van a quedar a estos muebles como a un Cristo unas pistolas.
Mientras coloco el escenario, una puerta se cierra bruscamente abajo. Habrá corriente. Aunque fuera no hace ni gota de viento. Bajo a cerrar, la escalera es de vértigo, me agarro fuerte al pasamanos, solo me falta romperme aquí una pierna.
La melodía suena arriba otra vez, nítida. Subo corriendo, llego jadeando. En el distribuidor al que dan las puertas de las tres habitaciones y el baño, hace mucho frío. Un frío extraño. Inesperado. Fuera de lugar.
Viene de la habitación de la señora Engracia. Y la música sigue sonando.
Medito mi siguiente movimiento. Esto me empieza a recordar a una película de terror de las de siempre. ¿Por qué bajas al sótano, Susan? ¿Si está clarísimo que no vas a salir viva, chiquilla?
Pero estamos en Castilla- La Mancha, no Elm Street. Eso lo cambia todo, en mi humilde opinión. ¿O no?
Además huele raro. Raro pero mal. A rata muerta, diría yo. Pero tampoco soy una experta. Yo soy cocinera y muy limpia, no como esos seres deleznables del programa de Chicote, que no limpian los churretes de la campana y guardan trozos de tocino rancio en los rincones.
En serio que no me quiero sugestionar, pero esto no es ni medio normal. Miro debajo de la cama con la linterna del móvil: pelusas, una alfombra enrollada, un orinal (limpio, gracias a Dios).
¡Otra vez la melodía! Viene del armario, claramente. Tiene 3 cuerpos y un espejo central. Abro las puertas laterales. En la izquierda hay tres estantes, con ropa de cama. Engracia otra cosa no, pero era muy ordenada. En el congelador todo está etiquetado: Merluza, 200 g, 15 de Marzo; Redondo de ternera, 500 g, 20 de Febrero; Verdinas con almejas, dos raciones, 1 de Marzo. Perdón, que me distraigo, con el orden.
Me quedo quieta, escucho. Silencio. Me veo reflejada en el espejo, algo despeinada, en tensión. Rectifico mi posición, estiro la espalda poniendo ambas manos en la zona lumbar, me colocó un mechón rebelde tras la oreja, me veo guapa y todo, el negro me sienta bien, parece que vengo a robar la casa, así tan ajustada.
Otra vez la melodía, me sobresalto y brinco ridículamente. Suena tras la puerta de la derecha. Respiro hondo agarrada al tirador y la abro. Tiene un estante arriba con chaquetas de lana perfectamente alineadas, un pequeño tocador a la altura de la vista sobre una cajonera. En el tocador hay un espejito de aumento, varios tarros de crema, un frasco tallado de perfume ambarino ("Joya", de Myrurgia, no esperaba menos), un librito con llave y una caja de madera oscura, labrada, con una letra E mayúscula tallada en la tapa. La melodía procede de la caja, sin duda.
Con delicadeza levanto la tapa y una figurita de porcelana de una mujer de ojos oscuros, pestañas pintadas, con mantilla y un ramito de flores empieza a girar. La miro hipnotizada. La melodía se distorsiona a medida que la pequeña folklórica se detiene. Le doy cuerda intentando evocar la letra de la canción. Sé que me la sé, la tengo en la punta de la lengua.
Olisqueo el aire, otra vez ese olor desagradable. El armario está tabicado. Me queda la puerta del espejo por abrir. Procedo.
El olor me golpea como una bofetada.
Hay ropa colgada en sus perchas, pulcra y bien planchada y 3 pares de zapatos con las punteras hacia la puerta, lustrados.
¿Se habrá metido un gato a morirse ahí? Como mínimo...
La peste me hace toser.
Abro las ventanas. La caja de música arranca sola otra vez. Tarán, tarán, tarán...
Bajo a por unos guantes, no estoy dispuesta a tocar con las manos ningún animal en descomposición.
Separo a un lado las perchas. Ilumino el fondo del armario con la bendita linterna del móvil. Ningún gato muerto. Solo hay un paquete, envuelto en papel de regalo de florecitas azules, es un cubo de unos 35 cm. de lado. Lo saco del armario y lo apoyo en la coqueta. Tiene una etiqueta escrita a mano, en la misma letra pulcra de los envoltorios del congelador. Reza " De la Encarna. 18 de Febrero. Regalo de Aniversario para el Cosme. Esconder hasta que me lo pida".
Seguro que eran viandas y claro, la pobre señora Engracia se murió a mediados de marzo, después de un mes en el hospital. Y ya estamos en mayo.
Me da ganas de tirarlo al contenedor tal cual, incluso llegó a meterlo en una bolsa de basura. Pero la melodía suena a intervalos regulares, hipnótica. Algo me escama. Empiezo a abrir el envoltorio, enfundada, en mis guantes de fregar, ayudándome con unas tijeras. Debajo del papel de regalo hay plástico, tipo film, muchas capas. Voy cortando una a una. Me impaciento y corto varias de un tijeretazo. Se muestra el cartón de la caja. Liberó la tapa superior y la abro.
Un olor indescriptible por nauseabundo se libera. Veo mechones de pelo. Retrocedo gritando. Cierro la puerta de la habitación y me tiro prácticamente escaleras abajo. Me arranco los guantes. Me lavo las manos frenéticamente y me escucho gritar, de asco, de miedo, desde el fondo de mi garganta.
Vuelvo a mi coche, lloro de puros nervios y finalmente consigo serenarme. Llamo a la Guardia Civil, dos agentes se personan en 20 minutos. Un hombre mayor canoso y otro joven, con gafas de montura metálica y pose condescendiente.
Explico lo sucedido, temblorosa.
Suben a la casa y vuelven a bajar, Sargento Canoso viene grisáceo, Cabo de Vuelta de Todo, verdoso (vomita discreto detrás de unos árboles y vuelve carraspeando).
- Esto explica muchas cosas - dice Sargento Canoso.
- ¿Qué cosas? - pregunto yo con el ceño fruncido.
- El Cosme no aparece desde principios del mes de febrero. Dejó una partida apalabrada, que en la vida, él era de fiar.
Hace una pausa, agitando la cabeza y chasqueando, para reforzar la idea de cambio en el proceder habitual del Cosme.
- Su mujer, la Encarna - prosigue- empezó diciendo que se había ido a ver a unos primos de Santander, después que se había ido con el Imserso a Benidorm y que ella no estaba para esos trotes. Luego empezaron los reclamos de la familia de él, que al principio se quedaron tranquilos con unos mensajes de texto que decía que estaba bien, que se iba fuera un tiempo, pero a base de llamarle y no recibir respuesta, se fueron alarmando. La Encarna dijo entonces que se había fugado a Cuba con una fulana y le registramos la casa, pero no encontramos nada sospechoso.
- Así que esa debe ser la cabeza de Cosme, ¿no? - concluyo yo.
- Tiene toda la pinta, si le soy sincero - afirma Sargento Canoso.
Cabo de Vuelta de Todo tiene una recaída y termina de arrojar el desayuno detrás del coche patrulla.
Y la hija de puta de la Encarna, envuelve la cabeza del Cosme para regalo y le pide a la Engracia que se la guarde en el armario, que es su regalo de aniversario.
Vivir para ver. Toma España profunda.
A ver como se lo explico a mi hermano y mi cuñada.
Mientras los agentes llaman al juez, espero apoyada en mi coche. De repente en mi cabeza escucho la melodía y me sobreviene la letra:
"Siempre que te pregunto
Que cuándo, cómo y dónde
Tu siempre me respondes
Quizás, quizás, quizás"


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