Cuando vio el doble click azul del WhatsApp en el mensaje que acababa de enviar.......
Cuando vio el doble click azul del WhatsApp en el mensaje que acababa de enviar, sintió vértigo. La sensación de que el suelo desaparecía bajo sus pies y el vacío se lo tragaba. Ya estaba hecho. No había retroceso posible. Como ese proverbio que decía algo así: "Hay 3 cosas en la vida que no se pueden retirar, la palabra emitida, la flecha arrojada y el beso robado".
Tal cual: "Te quiero y quiero estar contigo".
¿No decían que había que ser valiente en el amor?
Pues eso estaba intentando.
Porque en directo era imposible, le impresionaba demasiado. Era tan preciosa, brillaba y no parecía darse cuenta.
Le costó distinguirla, se mimetizaba perfectamente con el entorno, era una experta en camuflaje, como él.
Si no se le hubiese caído ese papel bajo su mesa, no habría reparado en ella. Es cierto que estaba mirando cuando apareció por el pasillo de la biblioteca con esa torre imposible de libros en precario equilibrio, con apuntes entremezclados, pero solo se distinguían de ella el reborde de la falda, la mitad de sus medias negras tupidas, unas botas negras con hebilla, un par de manos estabilizando el conjunto arquitectónico y su barbilla apuntando al techo en un intento de evitar el derrumbamiento. Caminaba a cortos pasitos cuando una hoja suelta se desprendió y fue descendiendo con breves oscilaciones hasta aterrizar bajo la mesa que ocupaba él.
Ella no fue consciente.
Siguió avanzando hasta un pupitre vacío donde trasvasó su carga y se desplomó en el asiento.
Él recogió la hoja y leyó lo que llevaba escrito casi involuntariamente.
Una sola línea: "La alegría torrencial. Ver si se da."
David enarcó las cejas. Miró a ambos lados. Algo no cuadraba. Era la biblioteca del campus de la Facultad de Química.
Y sin embargo, ¿por qué le asaltaba esa sensación de reconocimiento?
Se acercó a la chica. Prácticamente no sobresalía por encima del respaldo de la silla, ni a los lados. Desde esa perspectiva solo se distinguían sus antebrazos y manos, colocando ágilmente el embrollo sobre su mesa, en total silencio, con un toque coreográfico. Asomaban las puntas de su cabello ondulado castaño por los lados del respaldo, muy largo, cercano al asiento, y los pies, entrelazados de forma inverosímil al costado de la pata derecha de la silla, respetando el margen del pasillo.
De repente se detuvo.
David supo que había notado a faltar esa hoja, con tanta seguridad que a la vez que ella giraba su cabeza hacia atrás, él extendió su brazo izquierdo hacia delante ofreciéndosela.
Notó como un ariete golpeaba en su esternón y el aire abandonaba su cuerpo como en un reventón a 120 km/hora.
No fue capaz de deducir que rasgo concreto de ella le había atravesado. A pesar de la cabeza inclinada y el pelo por la cara. A pesar de las gafas que intentaban esconder su mirada antigua, cargada de alarma al verse expuesta. A pesar de la actitud corporal defensiva, hombros hacia delante, espalda arqueada como caparazón.
Ella efectuó un rápido movimiento y le arrebató el folio, sujetándolo contra su pecho.
- ¿Lo has leído?- inquirió.
- Sí- confesó desconcertado. - Perdona.
- No es mío - se justificó- es de Cuerda. De José Luis Cuerda. - aclaró impaciente - ¡El director de cine!
- No sé - balbuceó David, a la deriva.
- ¿No has visto "Amanece que no es poco"? ¿Qué mierda os enseñan en esta Facultad? Veo serios déficits en tu educación... ¿Cómo te llamas? - asomaba una sonrisa irónica.
- David Solana Lorenzo - respondió él del tirón.
Ella rió, divertida.
- Parece que estoy pasando lista.
- ¿Y tú? - preguntó él sintiendo la llegada de una marea de sangre a la cara - ¿Tendrás nombre, no?
- Precioso, sí. - hizo una pausa y añadió- Olvido.
- ¿Te llamas Olvido?
- Así es. ¿Algún problema?
- Ninguno, no, claro. Iba a salir a comer algo ¿me acompañas?
Ella lo miró largamente.
- Vale. Un café.
De eso hacia exactamente 3 días. Y 12 comidas, 7 discos, 3 películas, 2 noches prácticamente en vela, unas 50 horas de conversación, 6 ataques de risa y un ansia de besarla que apenas sujetaba.
Escribiendo...
Escribiendo...
Escribiendo...
Sudor frío. Angustia intensa.
Escribiendo...
Entra un Whatsapp de ella, solo dos palabras.
"Se da".
David lo relee una y otra vez, con el corazón desbocado. ¿Qué...??? - piensa.
Escribiendo...
Escribiendo...
Contiene la respiración. Cierra los ojos muy fuerte como cuando de niño pides un deseo. Y escucha el aviso de entrada de mensaje.
Abre los ojos y ahí están, las 3 palabras que lo rodean y lo abrazan, rescatándolo.
"La alegría torrencial".
Tal cual: "Te quiero y quiero estar contigo".
¿No decían que había que ser valiente en el amor?
Pues eso estaba intentando.
Porque en directo era imposible, le impresionaba demasiado. Era tan preciosa, brillaba y no parecía darse cuenta.
Le costó distinguirla, se mimetizaba perfectamente con el entorno, era una experta en camuflaje, como él.
Si no se le hubiese caído ese papel bajo su mesa, no habría reparado en ella. Es cierto que estaba mirando cuando apareció por el pasillo de la biblioteca con esa torre imposible de libros en precario equilibrio, con apuntes entremezclados, pero solo se distinguían de ella el reborde de la falda, la mitad de sus medias negras tupidas, unas botas negras con hebilla, un par de manos estabilizando el conjunto arquitectónico y su barbilla apuntando al techo en un intento de evitar el derrumbamiento. Caminaba a cortos pasitos cuando una hoja suelta se desprendió y fue descendiendo con breves oscilaciones hasta aterrizar bajo la mesa que ocupaba él.
Ella no fue consciente.
Siguió avanzando hasta un pupitre vacío donde trasvasó su carga y se desplomó en el asiento.
Él recogió la hoja y leyó lo que llevaba escrito casi involuntariamente.
Una sola línea: "La alegría torrencial. Ver si se da."
David enarcó las cejas. Miró a ambos lados. Algo no cuadraba. Era la biblioteca del campus de la Facultad de Química.
Y sin embargo, ¿por qué le asaltaba esa sensación de reconocimiento?
Se acercó a la chica. Prácticamente no sobresalía por encima del respaldo de la silla, ni a los lados. Desde esa perspectiva solo se distinguían sus antebrazos y manos, colocando ágilmente el embrollo sobre su mesa, en total silencio, con un toque coreográfico. Asomaban las puntas de su cabello ondulado castaño por los lados del respaldo, muy largo, cercano al asiento, y los pies, entrelazados de forma inverosímil al costado de la pata derecha de la silla, respetando el margen del pasillo.
De repente se detuvo.
David supo que había notado a faltar esa hoja, con tanta seguridad que a la vez que ella giraba su cabeza hacia atrás, él extendió su brazo izquierdo hacia delante ofreciéndosela.
Notó como un ariete golpeaba en su esternón y el aire abandonaba su cuerpo como en un reventón a 120 km/hora.
No fue capaz de deducir que rasgo concreto de ella le había atravesado. A pesar de la cabeza inclinada y el pelo por la cara. A pesar de las gafas que intentaban esconder su mirada antigua, cargada de alarma al verse expuesta. A pesar de la actitud corporal defensiva, hombros hacia delante, espalda arqueada como caparazón.
Ella efectuó un rápido movimiento y le arrebató el folio, sujetándolo contra su pecho.
- ¿Lo has leído?- inquirió.
- Sí- confesó desconcertado. - Perdona.
- No es mío - se justificó- es de Cuerda. De José Luis Cuerda. - aclaró impaciente - ¡El director de cine!
- No sé - balbuceó David, a la deriva.
- ¿No has visto "Amanece que no es poco"? ¿Qué mierda os enseñan en esta Facultad? Veo serios déficits en tu educación... ¿Cómo te llamas? - asomaba una sonrisa irónica.
- David Solana Lorenzo - respondió él del tirón.
Ella rió, divertida.
- Parece que estoy pasando lista.
- ¿Y tú? - preguntó él sintiendo la llegada de una marea de sangre a la cara - ¿Tendrás nombre, no?
- Precioso, sí. - hizo una pausa y añadió- Olvido.
- ¿Te llamas Olvido?
- Así es. ¿Algún problema?
- Ninguno, no, claro. Iba a salir a comer algo ¿me acompañas?
Ella lo miró largamente.
- Vale. Un café.
De eso hacia exactamente 3 días. Y 12 comidas, 7 discos, 3 películas, 2 noches prácticamente en vela, unas 50 horas de conversación, 6 ataques de risa y un ansia de besarla que apenas sujetaba.
Escribiendo...
Escribiendo...
Escribiendo...
Sudor frío. Angustia intensa.
Escribiendo...
Entra un Whatsapp de ella, solo dos palabras.
"Se da".
David lo relee una y otra vez, con el corazón desbocado. ¿Qué...??? - piensa.
Escribiendo...
Escribiendo...
Contiene la respiración. Cierra los ojos muy fuerte como cuando de niño pides un deseo. Y escucha el aviso de entrada de mensaje.
Abre los ojos y ahí están, las 3 palabras que lo rodean y lo abrazan, rescatándolo.
"La alegría torrencial".


Gracias, muy sugerente.
ResponderEliminarSé de un amigo, que al reencontrarse con la que fue su amor platónico adolescente, descubrió que ambos se habían querido y que por timidez o gilipollez, no se habían atrevido a declararse.
Según me dijo mi amigo, al descubrir que él había sido anhelado por ella, tuvo la sensación de subir a los cielos (mi amigo a vuelto a creer en el paraíso).
Apartaron convencionalismos y fidelidades para pasar juntos su primera y última noche de "alegría torrencial".
Desde que aquella noche acabó, mi amigo vive con los ojos cerrados.
Moraleja:
"Si no tomas riesgos, tendrás un alma perdida"
Drew Barrymore
Qué bonito, Antonio, me encanta la historia
EliminarGracias por un relato tan especial. Tarde de alegría torrecial.
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