Se me han derretido hasta los hielos.
Se me han derretido hasta los hielos. Hace un calor de la hostia. Una gota de sudor resbala por la curva de mi espalda.
No va a venir. Lo sé. A la mierda todo.
A veces las cosas no salen como queremos. Es así.
Si esperáis un relato esperanzador tipo Mr. Wonderful y que todos terminemos cagando pequeños arcoiris, aquí nos despedimos.
Esta historia va sobre decepción, frustración y control, tres amigos inseparables.
Tengo claro que soy de montarme películas, muchas de ellas romántico-sexuales. La vida normal, disfrutar de los pequeños placeres y vibrar en sintonía con el puto universo, me aburre hasta hacerme caer en coma.
Yo quiero emociones intensas y amores épicos. Que me recuerden siempre. Trascender a mi aparente insignificancia.
Pero está complicado, se ve.
Joder que puto infierno, dentro y fuera de mí. Hay mucha gente aquí y los odio a todos en este momento. A él al que más. ¿Cómo ha podido hacerme esto?
Sé que mi discurso es incoherente, pero estoy tan cabreada que debería llevar una advertencia como las torres de alta tensión: no tocar, peligro de muerte.
Estoy sentada en una terraza de una plaza muy concurrida, frente al mar. Tengo un vaso con restos de un refresco y un trozo de limón entre las manos. Mi postura, que hace una hora era expectante y seductora, ahora denota mi tensión y mi desesperación: sentada al borde de la silla, las rodillas juntas, los tobillos separados, las puntas de los pies giradas hacia dentro; los hombros caídos, la espalda ovillada y la cabeza desplazada adelante como de tortuga; los brazos apoyados en la mesa desde el codo y las manos rodeando el vaso, crispadas.
No corre ni una gota de brisa, la humedad se mastica. Las conversaciones ajenas zumban a mi alrededor como un moscardón persistente o un refrigerador cargante y monótono. Las inflexiones de las voces y las risas repentinas que sobresalen sobre la línea de base sonora, me crispan aún más.
No tendría que haber sido así. En mi pensamiento no lo era.
Yo lo diseño todo con glamour y precisión pero la vida me lo desmenuza dejando un remedo patético de lo imaginado.
Para empezar, debería haber estado esperándome cuando llegué, para verme entrar en la plaza caminando con seguridad hacia él, elegante, moviendo las caderas lo justo, con mi vestido entallado, sandalias de cuña y melena al viento, conteniendo una sonrisa naciente de pura alegría al verlo sentado en la mesa, recostado ligeramente hacia atrás, entrecerrando los ojos por el sol del atardecer y mordiéndose el labio inferior al reconocerme.
Debería haberse levantado a abrazarme por la cintura, pegando su cuerpo al mío, casi levantándome un poco del suelo para que yo pudiese sentir su tacto fibroso y cálido, su olor a champú, su deseo contenido de besarme abiertamente o arrancarme la ropa.
Debería haberme sentado y pedido algo para beber, con estilo y desenfado, mientras él me observaba con cierta incredulidad por haberme atrevido por fin a venir.
Porque me he cruzado medio país para estar aquí, he inventado una reunión de trabajo como disculpa, he comprado ropa interior inverosímil y llevo condones en el bolso.
Yo, la esposa fiel, la madre entregada, la amiga en quien confías, he premeditado este encuentro sin ningún remordimiento y con íntimo regocijo.
Pero cómo tantas otras cosas, me ha salido mal. O bien. Porque si no ha venido, está claro que le importo una mierda y mejor saberlo ya, antes de caer aún más bajo o hacer algo irreparable.
La cuestión es que nada se ajusta al guión que escribí.
No estaba en la plaza, no ha aparecido y hace más de una hora que habíamos quedado.
No hay viento para agitar mi cabello, mi vestido entallado tiene dos cercos clamorosos bajo los brazos y el hielo ha desaparecido, al igual que mis ilusiones.
"Espero poder llegar" en un mensaje de texto de hace siete horas, es la única noticia que tengo de él.
Ahora veo que era el principio del fin. El rollo amantes parece excitante, ¿verdad? Esa clandestinidad que alimenta la lujuria... Pues es una puta mierda, porque ahora no puedo llamar, ni mandarle un mensaje imperativo, ni aclarar este plantón, ni nada de nada.
Su mujer podría enterarse y ninguno de los dos quiere que eso ocurra.
Ninguno de los cuatro, en realidad, porque nuestras respectivas parejas tampoco querrían, eso por descontado.
Después tendríamos que habernos ido de aquí, a una habitación con una cama infinita con sábanas frescas, suaves y silenciosas para haberla desencuadernado follando toda la santa noche, charlando, riendo y durmiendo entre polvo y polvo, cómplices y felices de haber creado una brecha en el espacio-tiempo para nosotros dos, para celebrar nuestra conexión incompleta e inconveniente, pero que dura desde que nos conocimos, hace ya diez años.
No es solo atracción física, (o eso creía yo hasta hace una hora). Hay un cariño, un preocuparse por el otro sin entrar en profundidades pero que, al menos por mi parte, era sincero.
Pero no ha venido. Y sabe lo que me he arriesgado.
Eso revela su interés. Hechos son amores y no buenas razones.
La fase de "quizá le ha pasado algo", es tiempo pasado desde hace media hora.
"Le habrá surgido un imprevisto" tampoco me vale.
Fuese lo que fuese, podría avisarme al menos.
La indignación me recorre la garganta. No sé si estoy más cabreada con él o conmigo misma. Quiero gritar y desahogarme, llamar a su casa, hacerle una pintada en la pared.
Quiero que sufra.
Quiero devolverle el desprecio.
Quiero dejarme llevar por una ira ciega y destructora, pero no puedo. Nunca he podido perder el control.
Por eso lo planifico todo y luego nada se ajusta a mis expectativas.
Por eso nada me llena del todo, ni me satisface completamente. Porque en mi mente, no era exactamente así.
Y por eso puedo sentirme enferma físicamente cuando ocurre lo contrario a lo que esperaba, como ahora, pero no consigo romper mi marco y entregarme a la furia que siento. Le acorto la rienda hasta que con los ojos desorbitados y la saliva espesa, va cediendo y se deja dominar. Y cada vez que lo hago, muero un poco.
Pido la cuenta y vago sin rumbo.
No sé que hacer ahora. No me esperan en casa hasta mañana. No conozco a nadie aquí. Solo quiero desaparecer.
Vuelvo al hotel, me entregan la llave y me tambaleo escaleras arriba. Cierro la puerta y apoyo la espalda contra ella. Quiero llorar pero tampoco me sale.
Me quito las cuñas de dos patadas.
Me miro al espejo en el cuarto de baño, estoy pálida, sudorosa, apenas me reconozco, siento extrañeza de mí misma.
Una arcada me dobla bruscamente por la cintura y llego al retrete de puto milagro. Vomito el jodido refresco y bilis hasta que parece que voy a darme la vuelta como un calcetín.
Me caen lágrimas y emito extraños sonidos por el intenso amargor mezcla de gemido y grito. De rodillas, desmadejada sobre la taza, hasta que ya no me queda nada dentro y amaina la tormenta de asco y rechazo.
Entonces si lloro. Aullando bajito como un cachorro abandonado. Temblando de frío y de miedo. Por todo lo que escapa a mi control, de frustración y decepción (ese trío resplandor).
Por todo lo que no puede y no puedo ser.
Porque creía que me quería y resulta que no.
Por el fracaso, la vergüenza, la pena, las oportunidades perdidas, las ilusiones rotas.
Hasta que mi mente se vacía igual que antes lo hizo mi cuerpo.
Solo entonces repto hasta alcanzar el grifo de la bañera y lo abro. Me lavo las manos y la cara con agua fresca. Respiro hondo. Giro el monomando y cuando el agua empieza a humear, pongo el tapón.
Me incorporo lentamente, apoyándome en el borde de la bañera, limpio el desastre del retrete y alrededores y me dirijo al lavabo.
Una mujer de ojos muy tristes con el rímel corrido me mira desde el espejo. Le acaricio la cara y le susurro que no pasa nada, que yo la cuidaré y que va a estar bien, no ahora pero pronto.
Abro mi neceser y saco dos discos de algodón blancos, desmaquillo suavemente a la mujer del espejo.
Después le cepillo los dientes hasta que brillan, la lengua se desliza por ellos y el amargo sabor a hiel apenas se distingue, como un recuerdo remoto.
Desabrocho el vestido y lo dejo caer al suelo, me desnudo por completo y me doy media vuelta para no ver la miseria que siento.
La bañera está mediada ya. Entro en ella con el pie derecho primero. Doblo ambas rodillas y me siento muy erguida, abrazándome las piernas.
El agua está muy caliente y necesito unos minutos para aclimatarme hasta abrir el pliegue que hace mi cuerpo y permitir que me rodee y limpie mi dolor, la tensión y el disgusto.
Flexiono las piernas para poder meter la cabeza en el agua. Mi cabello flota a mi alrededor y yo muevo mi cabeza a los lados, meciéndome a mí misma.
Casi me abandono a la inconsciencia pero el frío progresivo me impulsa a salir de mi cuna líquida. Me envuelvo en la toalla y recorro la distancia hasta la cama a pasitos pequeños, de niña chica. Alcanzo mi bolso y busco a tientas mi móvil. Me dejo caer en la cama y escribo dos mensajes.
El primero a casa: Besos para todos, tengo poca batería, mañana hablamos.
El segundo a él: Al final no he podido ir. Lo siento. Se acabó.
Lo bloqueo y borro todo lo que guarda una remota relación con él.
Cómo si nunca hubiese existido.
Tirando de orgullo que es mi último baluarte.
Me refugio en una camiseta amplia y me desenredo el pelo.
Pido un consomé a la recepción y me lo bebo a sorbitos hasta que se me templa el ánimo.
Me deslizo dentro de la cama y cierro los ojos.
Me acurruco y el sueño viene a llevarme lejos, donde todo es posible y yo sigo invicta.
Donde los hielos aún tintinean en el vaso, intactos y prometedores.


Que guay, aunque como en la canción, esperaba que fuesen felices los cuatro, pero la realidad es incuestionable.
ResponderEliminarMe jode ese mecanismo de defensa por la que si no se cumple lo soñado, enterramos a la persona idealizada bajo una espesa capa de odio para mitigar el daño que nos ha causado su indiferencia. Más amor y menos odio en nuestros corazones.