¿Sabes que puedes separarte de tus pensamientos?
¿Sabes que puedes separarte de tus pensamientos?
Dejarlos a un lado, como si te fueras escorando levemente a un lado, casi sin esfuerzo, hasta abandonar la corriente principal y poco a poco, alcanzar la orilla.
Es cierto que saldrás bastante lejos del punto donde tomaste la decisión de abandonar ese río. Lleva un tiempo y una distancia.
Pero es crucial no hacerlo de forma brusca, no intentar hacer una perpendicular altiva, no desgastarse peleando contra corriente, porque es más fuerte de lo que parece.
El secreto es dejarse ir con el firme propósito de alcanzar la orilla, cuando se pueda.
Si combates cada pensamiento, se rizan para justificarse, formando pequeñas olas, mínimos remolinos, que interfieren en tu deriva calculada.
Si sigues peleando, se alían unos con otros, volviéndose un intrincado laberinto, agitándose en turbulencias, frías corrientes y traicioneros torbellinos.
Puede que atravieses los rápidos, pero no ilesa. El precio puede ser elevado. Con esas rocas afiladas y crueles, prestas al desgarro.
Puede que abandonarse en el centro de la corriente principal sea lo más fácil, incluso que hacer otra cosa se te antoje inútil, una pérdida de tiempo y energía.
Habrá momentos que sientas una calma engañosa, la sensación de que el agua se remansa, el curso se enlentece, pero si miras adelante, veras un horizonte líquido aproximándose inexorable y experimentarás una fuerte tracción hacia el abismo mental, un salto imposible que te arrebata el estómago y te desmadeja el cuerpo según caes.
Te sumergirás y se te escapará todo el aire, el instinto te ayudará a encontrar el fondo, apoyar ambos pies, flexionar las rodillas e impulsarte arriba hasta la superficie, donde aún golpea la cascada.
Terminarás por ser empujada de nuevo al curso regular de ese río interminable.
Prueba mi teoría, busca la orilla sin estridencias, con el convencimiento de que ahí deseas llegar, sin lucha, con empeño de gota china, con fe en que ese río que te lleva, no eres tú.
Sal y sécate en la ladera, descansa, mira cómo pasa la ingente masa de agua a tu lado.
Siente, nada mas:
El calor del sol. La brisa leve. La luz distinta. Los colores vivos a través de los párpados cerrados. El cansancio muscular. Como el cuerpo cede y se deja ir.
Volverás al río de tus pensamientos, pero sabrás que puedes volver a salir.
Y ser tú, fuera de él.
Verlo discurrir sin dejarte arrastrar.
Observarlo con curiosidad, como los niños miran una fila de hormigas pasar, con indulgencia, como si fuera un cachorro demasiado joven para ser regañado, con serenidad.
Porque pasará, se alejará y no podrás evitarlo.
Como a todo parece que hay que ponerle nombres, hay quien a esto le llama meditar.
A mí meditar me suena a pensar aún más, con los puños apretados, analíticamente, intentando encontrar solución a un dilema importante.
"Tengo que meditarlo" es el equivalente a "te voy a decir que no, pero cuando yo quiera" o a "en vilo te voy a tener, pero va a ser que no".
Como ese " necesito tiempo, necesito espacio ", preludio de " hasta aquí hemos llegado " o su versión light "no sos vos, soy yo".
Así que cuando yo me pongo intensa de pensamiento, no medito, porque para mí es más de lo mismo. Uso el cuerpo para conectar con el mundo.
A veces lo consigo y otras no.
Desde ayer sí.
Porque mi nieta me saca del río por la vía rápida.
Sus padres trabajan aunque sea verano, solo descansan dos semanas en agosto. Así que se viene con nosotros, con sus abuelos.
Desde hace cuatro años pasamos el verano en un camping junto a la playa.
Me gustaría poder ofrecerle una masía como la de Casa Tarradellas, y un montón de primos para jugar, pero no va a poder ser. No me ha salido la vida tan redonda. Pero tampoco la quiero ver metida en nuestro segundo sin ascensor de un edificio de aluvión, con barandillas de aluminio y toldos verdes en un barrio sin futuro donde por cada niño, hay veinte ancianos. O más. Viejos con poca paciencia y muy malas pulgas.
Así que desde finales de julio, que le dan las vacaciones, hasta el 20 de agosto, que se va con sus padres hasta que empieza el curso, nos vamos a una parcela, con el único capricho que nos hemos dado en quince años: una caravana de segunda mano y un avance. Nuestro paraíso de 10 metros cuadrados.
Mi Antonio es muy mañoso, así que la tiene impecable. Así también se entretiene. Porque yo, cuando está Nadia con nosotros, poco caso le hago. Hasta duermo con la niña.
A Antonio sé yo que no le importa, porque tiene el sueño ligero y lo que le gusta es andar a su aire, acostarse a las tantas y vernos juntas.
El camping es largo y estrecho, acostado entre la playa y la vía del tren, con muchos pinos de copa verde brillante que dan una sombra tupida y alguna palmera que adorna más que otra cosa.
Tiene una zona muy elegante, con pequeñas casitas de lamas blancas con porche cubierto, con suelo de madera y jardines de hierba con riego automático, perfilados por un seto frondoso de cuatro palmos de altura.
Al otro extremo está el pinar, donde acampa la chavalería. Beben y se ríen a gritos, para espantar el miedo, como los que silban en el cementerio.
Y en medio estamos nosotros, los de las estancias largas, que formamos una extraña comunidad. Nos adaptamos a unos ingresos reducidos agudizando el ingenio para estar más cómodos.
¿No hay lavavajillas? Pues se friega.
¿Hay que llevar los platos a los fregaderos comunes? Pues con una caja de cerveza, unas gomas con ganchos y un carrito de la compra jubilado se construye un apaño que trae los cacharros de vuelta no sólo limpios, sino escurridos.
Cocinamos con butano. Se respeta la hora de la siesta. Se juega mucho a las cartas, al dominó. Se tiende la ropa en una cuerda, con pinzas.
Es un viaje al pasado.
Tampoco es un paraíso, porque hay gente con la lengua afilada y amargados, como en todas partes, pero yo soy de quedarme con lo bueno, así que no les presto mucha atención.
El camping es tranquilo, no te ponen pulseras para vigilar que no entren intrusos ni cierran las puertas de acceso a la playa.
Tiene una piscina con escalera de obra y formas redondeadas, en una explanada de hierba verde con un pino enorme, que ha crecido con el tronco paralelo al suelo, como si quisiera darse un baño.
Hay un bar para tomar café o unos bocadillos, una heladería y un restaurante al borde de la playa, con farolillos. De vez en cuando nos damos un homenaje y pedimos un arroz a banda para cenar viendo como el cielo se va oscureciendo hasta que todo se vuelve tan negro que no se distingue horizonte ni orilla y solo se sabe que el mar está ahí mismo por el sonido de olas y el olor a salitre.
Los baños y los lavaderos son pequeñas construcciones blancas con tejados a dos aguas, alrededor de pequeños patios interiores, que están cubiertos con azulejos decorados y resuenan vacíos y frescos cuando Nadia y yo vamos a aclarar los bañadores.
Ella tiene su bicicleta, su pandilla de amigos, sus construcciones, su cocinita y sus bebés.
Pero lo que más le gusta es estar conmigo. Haciendo lo que sea. Charlando y preguntándolo todo. Es incansable. Son ocho años, claro.
Tiene el pelo muy largo, rubio y no se lo quiere cortar de ninguna manera. Yo no sé cómo no le molesta en el cuello con el calor y la humedad que hace aquí, pero ella se lo peina, se lo repeina y se lo mira encantada.
Está en esa edad que pierdes la cintura y aún te toca esperar a que el pecho se desarrolle, pero se empeña en ponerse la parte de arriba del bikini porque ir con la braguita es de pequeñas. La parte de arriba son dos triangulitos de tela que se recoloca continuamente.
Tiene la piel tan tersa y dorada que es gustosa de tocar y salvo cuando le extiendo el protector solar, que pone carita de asco, cuando la abrazas o le haces mimos o caricias, ronronea como un gatito.
Es cariñosa, divertida, lista como un rayo y terca como una mula. Si no quiere, no quiere y no hay nada que hacer.
Nos levantamos pronto porque entra luz en la caravana y en cuanto sube un poco el sol, dentro no hay quien pare, así que desayunamos y nos vamos a la playa. Antonio planta la sombrilla, se sienta debajo en su silla mirando al mar y ya no hay marido. Entra en trance o igual medita y todo, no me digas.
Nosotras vamos directas al agua. A hacer el canelo hasta que se nos doblan las piernas como espaguetis: Que si yo era una sirena y te salvaba. Que si tú eras un gato y de repente te dabas cuenta de que estabas en el mar. Que si tú eras mi mamá foca y yo tú bebé foca. Que si naufragábamos en una isla desierta.
Cuando salimos fuera, yo sacudo una tela muy fina estampada y nos tumbamos las dos juntas, exhaustas hasta que nos entra una risa loca por alguna tontería o por las cosquillas.
Nadia se ríe con tantas ganas, echando la cabeza hacia atrás, enseñando esos dientes con huecos de niña chica y con el cuerpo temblando, que me contagia y se me saltan las lágrimas.
Antonio nos mira y sacude la cabeza como diciendo: "Estáis locas, vosotras dos". Una esquinita de la boca se le levanta sola y un golpe de viento le levanta el sombrero. Echa una mano a su cabeza y otra al palo de la sombrilla.
Y yo ya estoy tan lejos de mis pensamientos que ni distingo ese río.
Solo veo a Nadia y oigo su risa desatada.


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