¿Es la pizzería? Sí, señor - Pues quería encargar 10 pizzas barbacoa a domicilio. Familiares.
- ¿Es la pizzería?
- Sí, señor
- Pues quería encargar 10 pizzas barbacoa a domicilio.
Familiares.
- ¿Me da su teléfono?
- Es este mismo.
- ¿Fulgencio López?
- Sí. Ese soy yo.
- Tengo aquí su ficha.
- Me imagino, soy cliente habitual.
- ¿Bebidas van a querer?
- No, gracias, solo las pizzas.
- Pues serían 149 con 50, que con el descuento por
fidelidad se quedaría en 139 con 50. En media hora aproximadamente llegará el
repartidor.
- Gracias, buenas tardes.
- Gracias a usted, Señor López, por confiar en
nosotros.
Ahí ya no sé que contestar y me callo.
Ya considero un detallazo que me haya llamado por el
apellido y no haya hecho comentarios sobre lo extraño de mi nombre.
Con 60 años, imaginaos lo que he tenido que escuchar.
Aborrezco cuando me lo cambian por Flugencio, me crispa pero ya me siento
incapaz de corregir a nadie. Pero lo peor de lo peor es cuando alguno de esos
que ni escucha ni lee en exceso, lo quiere arreglar, quitarle peso, hacer mi
nombre algo manejable y coloquial y me llama Flugen. Ahí ya me cago en mi puta
vida.
Tampoco es que tenga un trauma, pero se dice que para
llevar un nombre así hay que tener carácter. Y yo de eso, poco.
No es que sea un pusilánime, tampoco, pero me cuesta el arranque, me da
pereza.
Pienso: ¿Para qué?
Y no actúo.
Hay que tocarme mucho los cojones para verme en acción.
Vuelvo a la mesa. Montse me mira interrogante y yo
asiento.
Dicen que el problema de los matrimonios
es la falta de comunicación. Y nosotros nos entendemos sin palabras, muchas
veces.
Yo creo que Montse se conforma conmigo y
con mis asentimientos, y luego se desahoga con sus amigas y sus telenovelas,
donde expresan tanto que se desparraman. A veces la veo con los ojos brillantes
y la mano en el pecho, conteniendo la respiración frente a una escena romántica
y me pregunto que hace con un tío inexpresivo como yo.
Mis hijas están discutiendo, cómo no. No
se aguantan. Nadie diría que son hermanas.
La mayor es convencional, dulce, una
especie de cervatillo asustadizo pero terca como ella sola. Cabello castaño
lacio, media melena, tez clara. Viste como si tuviera diez años más de los que
tiene.
La pequeña es una salvaje,
desgreñada, siempre parece que acaba de volver de un festival o de surfear en
alguna playa virgen, con ropa indescriptible y trozos morenos de piel al aire.
Ojos azul cobalto. Movimientos sinuosos, de pantera. Pura pasión arrolladora.
Si no tuviera los pómulos y la sonrisa asesina de mi mujer, pensaría que nos la
cambiaron en la maternidad.
No sé ni de que discuten pero Alicia ya
tiene acorralada a Inés, una vez más.
- Alicia, ya vale - advierto.
Me mira desafiante.
- Solo estamos hablando. ¿No podemos
hablar? - inquiere levantando las cejas con una expresión inocente que ni ella
misma se cree.
- Tengamos la fiesta en paz, por favor -
digo mirándola fijamente.
- Siempre igual - dice dejándose caer
hacia atrás en su silla, frustrada - No me escucháis. Tengo razón y hay que
hacer algo.
- Es que no paras de protestar por todo
- sisea Inés - La vida es así, asúmelo ya, que tienes 32 años.
- Te pierden las formas, hija - dice
Montse moviendo la cabeza a los lados - si defendieras tus argumentos desde la
tranquilidad...
- Así que si digo una verdad como una
catedral pero grito porque me pongo mala de impotencia, se convierte en mentira
por arte de magia ¿no? - escupe furiosa - pero aquí la Señorita Templanza está
diciendo auténticas barbaridades dignas de Hitler y como lo dice con su
tonito de mosquita muerta, hay que respetarla.
- Si es que pierdes la razón tú sola,
con tu comportamiento - apostilla Inés.
- No tenéis sangre en las venas, eso es
lo que pasa - grita encabronada. Y se levanta de la mesa hecha una hidra y
añade ya de espaldas con la mano por encima de su cabeza - ¡Bienaventurados los
putos mansos!
Que agradable es estar con la
familia.
Alicia ha ido a sentarse a una esquina
de la finca, bajo un árbol y está haciendo yoga o algo por el estilo, dándonos
la espalda.
A ver si con las pizzas se relaja el
ambiente.
Montse le insiste a su madre para que
beba agua, que hace mucho calor.
Mi hermana Águeda le da la razón,
delgada y temblorosa, asustada del mundo en general y las deshidrataciones de
las mujeres ancianas en particular.
Mi suegra las mira torvamente, con el
ceño fruncido y aparta el vaso con la mano.
Me hace una seña, imperiosa, para que me
acerque.
Me aproximo y me ordena:
- Paséame, que me aburro y estas
cansinas se creen que soy un botijo.
Me coloco detrás de ella en silencio y
empujo la silla por la hierba. Por suerte la tierra está firme y no se hunde.
Veo su perfil aguileño porque va un poco torcida hacia la derecha, su pelo ralo
y sus manos nudosas aferradas a los apoyabrazos. El suelo no es demasiado
irregular pero ella pesa poco y su silla traquetea levemente.
- Despacio, coño, que no estamos en el
Paris-Dakar.
- Muy bien - digo conciliador aminorando
- ¿Dónde te llevo?
- Al Parque de Atracciones, no te jode -
dice girándose hacia mí - O al circo, que me apetece probar el
trapecio...
Me río y ella me mira socarrona.
Nos caemos bien, de siempre.
Envidio su desparpajo para decir lo que
le viene en gana.
- Acércate a la piscina, anda - me pide
con un suspiro.
Mis hermanos y mi cuñado están
arreglando el mundo en un corrillo próximo a nuestra trayectoria, con las
cervezas en la mano, de pie, relajados y a la sombra, con sus barrigas
prominentes y sus camisas medio abiertas. Sin dudas en el alma, adaptados a su
hábitat.
- Mira la cuadrilla, están encantados de
haberse conocido ¿No te recuerdan a los documentales de la 2? - farfulla mi
suegra - Los ejemplares maduros de la manada...
-¿Cómo estamos, doña Lourdes? - la
saluda campechano mi hermano, el mediano.
- Gordos, bastante gordos os veo -
responde impasible - será tanto comer y tan poco moverse.
Se parten de risa.
- ¡Qué cosas tiene, doña Lourdes! - dice
mi cuñado jovial - Es mundial, la señora.
- Alguno está como para sacrificarlo, de
hecho - añade ella hierática, y me hace un gesto para que continuemos.
Yo me encojo de hombros y empujo la
silla cuesta arriba hacia la piscina. La cuadrilla se revuelve incómoda hasta
que nos alejamos y después se escuchan unas risas sofocadas.
- Estarán haciendo referencias al tiempo
que puedo llevar sin tener sexo o a mi posible demencia, me apuesto algo -
concluye mi suegra - Mirarse las barrigas y moverse un poco para no parecer
unos tocinos, eso ni hablar... Cualquiera diría que están de siete meses - y
chasquea la lengua para reafirmar su disgusto.
El jolgorio en la piscina la distrae.
Freno la silla y me siento en el suelo al lado de la silla de Lourdes.
- Cuanto me gustaba la piscina -
murmura.
Una amalgama de cuerpos jóvenes y
escurridizos de nietos, sobrinos y demás ralea, cubre los bordes y el interior
de la piscina. Mi nieto Jorge, de cuerpo trabado y tórax ancho, como una
pequeña miniatura de su padre, se lanza al agua dando alaridos y se sujeta al
cuello de éste, que nada a braza con el niño sobre su espalda, resollando con
ritmo lento y seguro.
- Mira, un sapito con su papá sapo - me
susurra ella inclinándose hacia mí.
Se me escapa una carcajada por lo
gráfico de la comparativa y porque aunque pueda resultar hiriente, ellos no han
oído nada.
Suspira y mira soñadora el agua, como
anclada en un recuerdo antiguo. Después me escruta minuciosamente.
- Tú te sientes fuera de lugar ¿a que
sí?
Es jodidamente observadora, la
vieja.
- En este tipo de reuniones siempre me
pasa, supongo que es mi carácter - me explico.
- ¿Y en la vida?
Me incomodo y gruño suavemente por lo
íntimo de la pregunta.
- En la vida también un poco, pero tiro
¿no?
- Ya...
- ¿Qué otra cosa se puede hacer?
- No sé, pero yo ahora me metería a la
piscina y ya no puedo - añade tristemente - así que no pierdas mucho el tiempo,
que tampoco te queda tanto.
Joder con la vieja.
Siento de pronto un gran peso en mis
hombros, el mundo entero sobre mí, el giro lento de la tierra, las costumbres,
las expectativas de mi familia, el paso de los años, la falta de sentido, el
dejarme hacer, el nunca saber si quiero algo o que es lo que quiero...
Un grito corta el aire desde el grupo de
mis hermanos.
Flugeeeeeeen!!! Vente que tienes que oír
esto - aulla mi cuñado.
Siento lava subiendo por mi garganta a
punto de desbordarse. Un click en mi cabeza.
- Hoy nos coronamos, Lourdes, vamos a
dar que hablar a esta panda - declaro.
Me mira, divertida, levantando una
ceja.
Me quito la camiseta y las
chanclas.
Le retiro el chal y lo doblo sobre el
respaldo de la silla.
Me inclino y meto mi brazo izquierdo
bajo sus rodillas y el derecho bajo su brazo y rodeando su torso.
Se abraza a mi cuello,
sorprendida.
La alzo en el aire, me sorprende su
exiguo peso y su fragilidad. Se le caen los zapatos al suelo y los encoge bajo
la falda con un gesto de pudor que me da ternura. Se agarra más fuerte a
mí.
- ¿Dónde vas? - susurra alarmada.
- Al agua.
- ¿En serio?
- Totalmente. ¿Lista?
- Sííííí - dice una vocecita infantil
dentro de un cuerpo de 90 años.
A nuestro alrededor el tiempo se
enlentece, veo en la mesa a lo lejos figuras que se levantan y se dirigen hacia
nosotros.
Brazos levantados.
La mirada sorprendida de mi yerno.
Camino despacio para asegurar cada paso
y bajo las escaleras de obra una a una.
La chavalería detiene su charla y nos
observa.
- Apartaos - ordeno - salid del agua,
por favor.
Obedecen sin apartar la vista.
- Está caliente, no te asustes.
Bajo otro escalón y su cuerpo entra en
contacto con el agua.
En lugar de tensarse, se relaja en mis
brazos.. Doy un paso más y ella se tumba sobre la superficie cerrando los ojos
como una suerte de Ofelia anciana y hermosa con gesto de felicidad.
- Suéltame, no me voy a hundir.
Con cuidado, retiro mis manos.
Flota su cuerpo, su cabello, sus ropas.
Me mantengo a su lado por precaución. Respira acompasadamente. El agua la
sostiene con respeto, como a una vieja amiga querida que se presenta de
improviso
Toda la familia nos rodea por los bordes
de la piscina. Hago un gesto de silencio imperativo.
Ella mueve levemente su cuerpo para que
el agua la acaricie. Y tararea una canción que apenas se escucha.
Abre los ojos y los clava en el
cielo.
Ingrávida, sonríe.
Levanta una mano con la palma hacia
arriba y flexiona apenas los dedos uno a uno, de meñique a índice, requiriendo
que me acerque.
- Ya está - murmura a salvo en mis
brazos y oteando todas las caras que nos rodean, entre el estupor y la
incredulidad, añade - Ya me puedo morir a gusto.
Salimos chorreando y despreciando la
ayuda de la silla, camino hasta la casa.
Me sigue toda la familia como la Santa
Compaña.
- Alicia, prepara un baño. Inés, ropa
seca - ordeno como un general de campo - Montse, igual tu madre prefiere que la
desnudes tú.
La viejilla se carcajea por lo
bajo.
Mis hijas se adelantan presurosas.
Inés sale con unas toallas y la
envolvemos para no ir escurriendo agua por todo el suelo.
- A ver cómo le quito todo eso mojado -
me reprocha mi mujer - ¿Qué siroco te ha dado?
- No sabría decirte - divago.
- Me ha dado la vida, tu marido, así te
lo digo.
- Y unas papeletas para una pulmonía -
le espeta su hija.
Entramos en el baño.
- La dejo en la bañera, que total está
empapada, no se enfriará y será más fácil ¿no?
Así lo hago con mucho cuidado y me
dirijo a la puerta sin mirar atrás.
Se oye el timbre estridente e
insistentemente.
- ¡Las pizzas! - exclamo.
- ¿De que son? - escucho a mi
espalda.
- Barbacoa - respondo girándome.
Lourdes me mira desde la bañera, con los
ojos brillantes, con un halo de pelusilla enmarcando su cara
arrugada.
- ¿Habrá Coca cola, no? -
pregunta.
Tiene debilidad por los refrescos.
- Por supuesto - confirmo - Y mucho
hielo.
- Un día perfecto, entonces - concluye
apoyando la cabeza en el borde de la bañera.
Asiento despacio.
- Fulgencio...
- ¿Qué?
- Gracias.
- Un placer, señora- digo llevando mis
dedos índice y corazón a la sien y señalando hacia ella a continuación.
Fundido a negro.


👏👏👏. Relato esperanzador. Hay vida a los 90!
ResponderEliminarQué bonito relato... me ha emocionado!!
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