Y aquí estoy yo, con el bigote sin depilar
Y aquí estoy yo, con el bigote sin depilar.
Y el Hombre de mi Vida, llamando al telefonillo.
Esto no es un tema que se solucione en 5 minutos.
Pon por caso que tuviese cera en casa, que tampoco, porque yo voy a un sitio desde hace años que depilan con mucho arte, nunca te queman, ni te dejan pelos, ni pegotes de cera, ni te desinsertan la piel del plano profundo (que os puedo jurar que he estado en lugares antes de encontrar a estas chicas, que más que arrancar pelos con cera parecía que estaban despellejando conejos).
Necesitaría un tiempo del que no dispongo, para calentar la cera, aplicarla, retirarla.
Porque si no le contesto ya, pensará que no estoy, o peor, que no quiero abrirle.
Y si quiero abrirle: la puerta de mi casa, la de mi vida, los brazos... y también las piernas, no me escondo.
Sin olvidar que por muy buena piel que tengas, se enrojece con tal agresión y no es muy sexy recibir con el bigote recién segado.
La opción teñido es menos agresiva pero me proporcionará un aspecto de vikingo con tacto de peluche que tampoco creo que me dé la victoria sentimental que anhelo.
¿Qué carajo hace aquí?
¿Por qué no avisa, joder?
La era de las comunicaciones, dicen...
Llevo un par de semanas revolcándome en la autocompasión. Exactamente desde que me echaron del trabajo. Por envidia. Mi jefa no puede soportar que le hagan sombra. Y yo soy buena en lo mío. Además, aunque se lleva la modestia absurda, también estoy muy buena. Cuerpo de escándalo, melena ébano infinita, piel blanca, morritos color coral. Pero lo que no cuentan de Blancanieves y sus descendientes, es que ese mismo pelazo negro, crece en alguna otra localización y rompe la estética del conjunto. Que se precisa cierto mantenimiento.
Y ahora se me presenta aquí este tío, que me da una debilidad que cada vez que lo veo no digo más que gilipolleces. Míralo, en la pantallita, si es que me hace efecto a cuatro pisos de distancia. Me tiemblan las piernas.
¿Qué le digo?
No me esperaba yo que apareciese por aquí.
Os preguntaréis por qué lo considero el Hombre de mi Vida. Difícil de explicar. Es tan esquivo, hay algo en esa mirada huidiza que me acelera el corazón, una especie de brillo salvaje, de promesa de tesoro escondido.
Y como sucede con poca frecuencia, cuando te clava los ojos y sonríe, sientes como si estuvieras presenciando un eclipse personalizado, el universo mostrándose solo para ti. Es tremendamente inteligente y se protege del mundo en su rol de raruno. También es increíblemente guapo. Lo disimula bajo ropa holgada, sudaderas con capucha echada, deportivas desastradas, bolsos cruzados en bandolera o mochilas que parece que hubieran sido arrolladas por el Cercanías. Su eterno skate. El movimiento hipnótico del cuerpo oscilando para mantener el equilibrio mientras se aleja.
Pero yo he descubierto que es una pantalla, un método de distracción. Un "déjame en paz" no verbalizado.
Una tiene su público, en mi caso el prototipo popular, hombres desenvueltos y seguros de sí mismos que creen que adornaré a su lado, con mi aspecto y mis ocurrencias, mezcla de flor y cascabel. Anchos de hombros y curiosamente rubios de ojos claros. Hegemónicos.
Pero ese aura de macho alfa no me pone nada en absoluto. La erótica del poder, dicen. Los hombres de traje. La seducción de los uniformes. De basurero, no te jode. Ah, no, ese uniforme no ¿verdad? ¿Y el de ferretero? Ah, no, ese tampoco. ¿De dependiente de MacDonald? No, claro. Podría seguir así hasta el infinito.
A mí dame un tío con el pelo recién lavado que se baje la capucha y huela a menta, que levante el brazo para alcanzar una taza de lo alto de la estantería y deje ver medio palmo de cintura a la que me encadenaría diez años y un día, un neopreno bajado hasta la cadera, un rayo de sol relumbrando en unos ojos castaños con pintitas doradas, unos labios secos, unos dientes levemente descolocados, alguien que se fije en que has cambiado de tono de esmalte de uñas o que cuando le rozas de casualidad parezca que recibe una descarga eléctrica.
El problema es que de tan esquivo, es imposible deducir si se interesa por ti, realmente. Porque no da señales. O las da de forma intermitente. No se manifiesta. Huye si te acercas demasiado.
Es muy cansado, esto.
¿Y cómo demonios ha conseguido mi dirección? Quizá viene a traerme algo que olvidé en la oficina. ¿A las 9 de la noche? Me da que no.
¿Y si no le abro? ¿Volverá? Se le ve nervioso, igual le ha costado mucho llegar hasta aquí.
Puedo fingir una migraña y recibirlo con las luces apagadas.
Puedo ponerme un pañuelo delante y toser periódicamente como una tísica.
Puedo decir que estoy indispuesta con estilo victoriano y que si sería tan amable de volver en otra ocasión.
Puedo ponerme una tirita y decir que me he quemado con una salpicadura de aceite.
Puedo afeitarme y confiar en que no me delate una tenue sombra azulada.
No hago nada de eso.
Todo esto sucede en menos de 20 segundos, como dicen que ocurre cuando te enfrentas a la muerte y tu vida pasa ante ti en fotogramas.
Contesto al telefonillo.
- Hola, Jon
- Hola, Elsa.
Mira al suelo y a la cámara alternativamente. Parece enfadado o contrariado.
- ¿Subes?
Joder ¿qué estoy haciendo? Siento como mi bigote crece, alentado por ser descubierto, incluso se hace más poblado, más denso.
- Sí, tengo que hablar contigo.
Lo dice como un disparo, como una sentencia.
- Te abro.
Hala, me cago en todo. Paso franco. Que viene, que viene, chssss, chssss...
Tampoco se trata de presumir de moustache, así que permanezco en la penumbra y entreabro la puerta.
Escucho el ascensor bajando y subiendo. Mi estómago le acompaña en el trayecto. Mi corazón late poderoso dentro de su jaula.
¿Se puede morir de vergüenza? Espero que no.
El ascensor se detiene en el cuarto. Veo su silueta iluminada por la luz de la cabina, la puerta se cierra a su espalda. Se dirige a la claridad proveniente de mi casa. Poca, eso es verdad.
- Elsa...
- Estoy aquí, pasa - grazno por la tensión.
- No, prefiero quedarme aquí - dice con firmeza mirando al suelo - Tengo que decirte una cosa.
Atisbo una mínima posibilidad de salir airosa del asunto.
- Dime.
- Te has marchado.
- Me han echado, Jon.
- Me da igual, te has marchado - repite obstinado.
- Bueno, si me echan me tendré que ir - razono yo.
- Y yo ¿qué? - me suelta.
- ¿También te han echado? - digo confusa.
- ¡No! - trona lastimero.
- ¿Entonces? ¿Qué pasa contigo?
- Te has marchado - remacha de nuevo.
- Joder, Jon, bastante jodida estoy, tampoco hace falta que me remates.
- Yo no quería - dice. El caso es que no suena a disculpa por lo que acabo de decirle. Suena a niño cabreado. Me armo de paciencia.
- No querías ¿qué?
Levanta la vista y yo retrocedo unos centímetros, amparándome en la semioscuridad.
- Que te fueras - murmura tan bajito que apenas lo escucho.
Cierra los puños, rígido, pálido, cediendo por fin al impulso de verbalizar la frase que me proporciona la solución al enigma de qué hace en mi puerta, ahora atronadora por volumen y por lo que revela.
- ¡No quería que te fueras, joder!
Mi cuerpo tira de mí hacia él. La sorpresa me hace dar un paso adelante, me lleva las manos a la cara con la punta de los índices en el lagrimal, los pulgares cerca de los lóbulos de las orejas y el resto de los dedos tapándome la boca y la nariz. Aspiro o suspiro o no sé.
Entro en el charco de luz y tomó conciencia de la posibilidad de ser descubierta como Lady Poirot, por lo que retrocedo como un cangrejo ermitaño a su concha, a la seguridad del hall a oscuras.
- Tú me quieres - afirmo fascinada.
Se retuerce incómodo y avergonzado. Sufre. Hiperventila. Se toca el pelo. Está a punto de salir corriendo y desaparecer.
- Yo también, Jon, yo también te quiero. Y no me da vergüenza - añado suavemente - Pero esto sí.
Doy un paso al frente y dejo que la luz caiga sobre mí, exponiéndome.
Veo su cara de estupor y sus pupilas dilatadas. Es un bigote insoslayable, advierto, no una sombrita.
Levanto las manos con las palmas hacia arriba y me encojo de hombros, con mi sonrisa bigotuda más encantadora.
Se le escapa una carcajada.
A mí, otra.
Se acerca más.
Contengo la respiración. Me besa los dos ojos, la punta de la nariz, los pómulos, la barbilla. Me acaricia el bigote con la yema del dedo.
Cierro los ojos y siento su aliento, sus labios sobre los míos, el abrazo, la aceptación, la gloria y el triunfo.


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