Y su vida empezó de nuevo después de aquella noticia.
Y su vida empezó de nuevo después de aquella noticia.
Estaba tan convencido de que estaba muerta. De que era responsable de ello.
Nunca debió conducir ese coche. No así. No aquella noche.
No era solo cuestión de clase, sino de oportunidad. Hay vidas que no se mezclan. Transcurren en el mismo tiempo, en la misma ciudad, pero tan distantes y divergentes como si sucediesen en universos paralelos. De ahí la fascinación por unir esos mundos en la ficción, de seguir creyendo que el amor lo puede todo.
No siempre, os diré. No siempre.
Ella era una niña bien, ataviada de siniestra. Él era prácticamente invisible, clase media, actitud distante para evitar cualquier enfrentamiento.
"Mírame" decía ella. "Déjame en paz" decía él.
Obviamente no iban al mismo instituto. No tenían amigos comunes. Sus padres no se conocían. Sus vidas eran dos conjuntos sin un solo punto de intersección.
Hasta el primer accidente.
Él cruzó distraído deslizándose con el skate. Ella miraba por el retrovisor central. Quería comprobar si había dejado atrás un BMW inquietante. No porque la siguieran. Era algo más inocente, ella siempre veía caras en los objetos. Los faros dobles de los BMW eran unos ojos despiadados, la asustaban desde pequeña.
Iba despacio, pero el impacto la pilló totalmente de improviso. Un estruendo, un cuerpo sobre el capó, una mano en el parabrisas. Aterrada clavó el freno. El cuerpo desapareció como por arte de magia. Nadando en la irrealidad, con el corazón desbocado, echó el freno de mano, apagó el motor y bajó del coche.
El gemía en el suelo, aparentemente entero. De una mochila medio abierta asomaban un par de libros. Las ruedas del skate volcado giraban aún, unos metros más allá. La calle estaba desierta y el tiempo parecía haberse suspendido o ralentizado. Era una tarde fría de otoño.
Se acercó decidida.
- Lo siento muchísimo, no te he visto. No te muevas, por favor, voy a llamar a emergencias. Dime dónde te duele. ¿Puedes hablar? Joder, perdóname, es que no te he visto, te lo juro.
Él la observó, arrodillada a su lado, pálida, a punto de romper a llorar por el susto y la culpa. Los ojos huidizos enmarcados por unas pestañas largas y curvadas bajo una capa densa de rímel y sombra oscura. Muy delgada, las clavículas visibles y sinuosas. Ropa negra, muchas capas superpuestas. Unas botas con tachuelas. Piercings acerados. Labios fúnebres y dientes muy blancos, pequeñitos y afilados.
Le dolía en todo el cuerpo pero en ningún punto concreto. Se apartó el pelo de la cara y sintió algo húmedo y caliente deslizarse por la sien. Lo tocó y llevó los dedos delante de su cara. Sangre roja, brillante, suya.
Ella ahogó una exclamación.
- Voy a por el móvil - susurró incorporándose.
Él frenó su movimiento sujetándola por la muñeca.
- Shhhhhh. Estoy bien. Solo es un poco de sangre. Tranquila.
Ella se tensó al contacto pero permaneció completamente inmóvil, como un animalillo deslumbrado por unos faros en mitad de una carretera en la noche. Él retiró su mano, dejando un rastro de sangre en la cara interna de la muñeca de ella, sobre un entramado de finas líneas blancas, rectas, superpuestas. Cien veces trazadas y otras tantas reparadas.
Sus ojos se encontraron y un latigazo de reconocimiento recorrió las espinas dorsales de ambos.
Perdidos en una existencia sin sentido. Proporcionando entidad física al dolor mental. Buscando un refugio de la maldad del mundo.
El momento pasó. Ella escondió su muñeca en la manga de su jersey.
Él tragó saliva recordando los cortes minuciosos en su propio cuerpo, el alivio breve pero intenso al materializar el sufrimiento abriendo la carne hasta ver la sangre brotar, demostrando que estás vivo pese a sentirte muerto por dentro. Y después, el abismo de la desesperación inundando sus pulmones al volver el dolor de siempre y ese vacío helado.
- Te llevo al hospital.
- No, no hace falta, estoy bien, es una herida pequeña.
- Puedes tener algo interno. Eso no se ve. Tenemos que ir.
- Hay tantas cosas que no se ven. - añadió él con tristeza - No quiero ir, no quiero contar mi vida. Otra vez no.
Y mostró la parte interna de su antebrazo izquierdo exponiéndolo hacia arriba, con idéntico dibujo al de ella.
La sensación de pertenencia se acentuó, haciéndose densa, insoslayable.
Ella recorrió esas cicatrices con la yema del dedo y los ojos cerrados, conteniendo la respiración, leyendo un braille comprensible solo por un puñado de gente. Retiró la mano bruscamente.
- Vamos - le apremió.
- ¿A dónde? - preguntó él - Al médico te repito que no voy a ir.
- A mi casa, vamos a mi casa.
Ella se desenvolvió un pañuelo largo de algodón negro del cuello y lo aplicó contra la sien de él.
- Aprieta fuerte - le indicó.
Él se levantó despacio. Ella recogió la mochila y el skate y los metió en el maletero del Alfa Romeo 4C Competizione, negro y pulido.
Él miró alternativamente al deportivo y a la chica menuda, desconcertado.
- ¿Es tuyo?
- Sí, mi regalo de cumpleaños - se sonrojó ella - Ya le dije a mi padre que es ostentoso, pero no escucha.
- Jo-der - silabeó él - Me puedes atropellar las veces que quieras con esto.
- Imbécil - rió ella bajito - Sube, anda.
- Ya lo habré abollado o rayado y ahora lo voy a pringar de sangre. Tu padre me va a adorar.
- Solo es un coche. Y mi padre no está en casa ahora. Ni nunca en realidad. Te podía haber matado, tío. Corre de la hostia, esto.
Se sentó sin separar el pañuelo de ella de la herida y se dejó ayudar con el cinturón. Ella olía bien, no sabía a qué. Sintió una punzada de deseo y se reconvino a sí mismo por ello. "Qué oportuno"- dijo la voz en su cabeza.
Miró al frente. El coche ronroneó y arrancó suavemente.
- ¿Estos coches no son muy difíciles de conducir? - aventuró.
- No si llevas entrenando en circuito desde los 14 - explicó ella mirándolo de reojo.
No estaba mal, el chaval. Tenía las manos bonitas. No muy alto, bien hecho. El pelo crecido, castaño. Unos vaqueros algo caídos con una cadena y una camiseta de color indefinido debajo de una prenda de abrigo desgastada. Unas deportivas sin marca visible. Al presionar la herida se le apreciaba el volumen del brazo flexionado. "Nada mal", pensó, "tú mira a la carretera, que estás enferma, guapa".
Él dejó caer su cabeza hacia atrás hasta encontrar apoyo y cerró los ojos un instante.
- ¿Te mareas? ¿Te duele la cabeza?¿Notas algo extraño? - inquirió ella con gesto compungido.
- ¿ Siempre haces las preguntas de tres en tres? - respondió él divertido, volviéndose hacia ella - Estoy bien, de verdad, de hecho si me puedes acercar al metro, no te quiero causar problemas - añadió, con la esperanza de que ella declinara la oferta.
- De ninguna manera. Si no quieres ir al médico te observo yo en mi casa. ¿Cómo vas a irte en el metro sólo después de que te atropellen? Tú estás fatal.
Él sonrío levemente, complacido.
"Fatal me estoy poniendo" - pensó él - "que me va a observar, dice".
Ok - dijo - tú mandas.
Y aprovechó que ella conducía para echarle un vistazo. Le gustó el perfil, el gesto concentrado, los anillos en las manos relajadas sobre el volante, las uñas pintadas de negro, minúsculas.
Atravesaron un laberinto de calles estrechas, silenciosas, flanqueadas por árboles y altas tapias cubiertas de hiedra.
Se atisbaba algún tejado, apenas se cruzaron con un par de runners escuálidas con complementos flúor y varias berlinas de lujo, con cristales tintados.
Él tenía la sensación de estar en otra ciudad, de ser un intruso.
Ella detuvo el coche esperando la apertura de un portón y se deslizó dentro de una finca inmensa con una casa de gran altura y fachada imponente, salpicada de pequeños tejados de pizarra. Había una pequeña rotonda con una fuente frente a la puerta principal. Dos enormes coníferas flanqueaban el edificio, levemente inclinadas hacia éste, como protegiéndolo de miradas o eventuales ataques.
Ella caminó sobre la gravilla y rodeó el vehículo para abrirle la puerta. Se inclinó sobre él y le soltó el cinturón de seguridad.
Su pelo le rozó la cara y noto el apoyo de su cuerpo contra la parte externa de su pierna.
"Joder"- pensó él inspirando profundamente y dejando salir el aire muy despacio- "¿Qué tiene esta tía? Es un trallazo. "
El silencio inundaba la casa, tremendamente amplia, luminosa e inerte. Ella subió decidida al piso de arriba y él la siguió, dócil. Le guio hasta un cuarto de baño inmenso y le indicó donde sentarse. Un ventanal hasta el suelo permitía ver desde lo alto un bosquecillo otoñal con matices rojos y dorados.
Se acercó provista de gasas, tijeras, un spray desinfectante y apósitos. Le observó con ojo crítico.
- Deberíamos lavar bien la herida - concluyó- con agua y jabón.
- Lo vamos a poner todo perdido - dijo él señalando vagamente las superficies blancas y relucientes.
- No, ya verás. Ven aquí - hizo una pausa corta y rogó - Por favor.
Se acercó al lavabo, ella le separó la mano de la herida, dejándola al descubierto. No sangraba ya. Había un pegote de pelo sucio y pegajoso y varios rastros de sangre seca por ese lado de la cara.
Él se miró al espejo, que le devolvió el reflejo de ambos, la curva de la espalda de ella bajo las puntas con reflejos violeta de una melena negra desordenada.
Ella deslizó la prenda de abrigo sobre los hombros de él, con un movimiento preciso.
Él se dejó hacer.
- Va a ser mejor que te quites la camiseta, para no mojarla - sugirió ella.
Él obedeció, tirando de la prenda desde la parte alta de la espalda.
Ella observó aparecer su abdomen, su torso, sus hombros. Sintió el impulso de extender la mano y el rubor subiendo por su cuello.
Se volvió rápidamente a dejar la ropa sobre una superficie, con el pelo echado sobre la cara.
- Apoya los codos y baja la cabeza.
Él se inclinó sobre el lavabo. Ella abrió el grifo y esperó a que el agua se templara. Mientras, amparada por estar fuera del campo de visión de él, se detuvo curiosa en varios lunares de su espalda, los omóplatos, el nacimiento del cabello en la nuca. Desprendió una ducha extensible y comenzó a mojar el cabello delicadamente entremetiendo las yemas de sus dedos.
Él entrecerró los ojos de gusto y atisbó como el agua se teñía de rojo desvaído al arrastrar la sangre del pelo.
- Al mojar la herida, volverá a sangrar, no? - preguntó él.
- Tendré cuidado - dijo ella.
Cerró el grifo y sosteniendo las manos hacia arriba para no mojar el suelo, buscó el champú. Sintió las gotas frías deslizarse entre su piel y la ropa. Con un gesto de desagrado retiró las mangas hasta el codo y secó sus antebrazos con una toalla deteniéndose pensativa en las líneas blancas de la cara interna, recordando vagamente el horror, la confusión, la fragilidad. Su mente saltó a las muñecas de él, con el mismo rastro de dolor. Ahí seguía, inclinado sobre el lavabo, tan vivo y tan cálido al tacto, ajeno y cercano a la vez.
Vertió el líquido en sus manos y enjabonó su cabello con mimo, concentrada en la acción.
Él se contuvo para no ronronear de placer.
"Se me está subiendo la sangre a la cabeza, será la postura - pensó - No conozco de nada a esta tía, me está lavando el pelo y estoy en el puto cielo".
Con la misma dulzura. ella retiró el jabón con agua templada. La herida se abrió unos segundos, sangre limpia y agua más fresca, una gasa presionando en el punto exacto, una punzada de dolor que se diluye como las ondas concéntricas de una piedra arrojada a un lago.
- Aprieta aquí - pidió ella.
Extendió una toalla sobre su cabeza y dejó que absorbiera la humedad presionando a toques, alargando la situación un poco más.
"Le lavaría el pelo mil veces"- pensó- " ¡Qué gusto, por Dios!".
Le indicó que se incorporase asiéndole del hombro y le mostró un asiento.
Terminó la cura frente a él, que la miraba fascinado abrir y cerrar frasquitos, despegar adhesivos, aplicar líquido desinfectante, con esas manos pequeñas, ágiles.
Sin pensarlo, extendió los brazos y la atrajo hacia él, abrazándola.
Ella se sorprendió sintiéndose en casa y acariciando la nuca y la espalda de él, como si su cuerpo actuara por cuenta propia.
Encajaban uno en otro sin fisuras, atraídos por una fuerza insólita, gravitacional.
- Gracias - susurró él.
Ella emitió una carcajada breve, chispeante.
- ¿Por atropellarte?
- Por aparecer.
Permanecieron abrazados un tiempo indefinido, en silencio. Sin cambiar de postura.
- Me llamo Ana - declaró ella
- Víctor - respondió él.
Las siguientes semanas se vieron prácticamente a diario. Algo los impulsaba hacia el otro y a ocultarse del resto del mundo.
Protegían ese frágil equilibrio entre ambos.
Hablaban, reían, dormían juntos. Se vaciaron uno en otro, como dos continentes que intercambian su contenido. Gran parte del tiempo compartido era de abrazos sin más, estrechos e interminables. Puro refugio de la realidad, tan gris, tan descorazonadora, tan cuajada de decepción y mediocridad.
La respiración acompasada, el calor de la piel, el pulso visible en el cuello.
Un día ella quiso compartir su paso por el infierno con él. Pero al contrario que con todo lo demás, las palabras se le atascaron en la garganta. Y el silencio cayó sobre ella como niebla espesa. Su postura cambió, replegada sobre sí misma, se sintió empequeñecer. No le gustó. Nada de nada. Quería recuperar la ligereza, la voz, la alegría.
Pero tenía que salvar ese escollo, hablar para disipar la bruma y que el sol apareciese otra vez, para llevarse ese frío de la médula de sus huesos, para poder abandonar la formación armadillo y dejarse abrazar por él.
Pensó que el alcohol ayudaría. Y subir al mirador. Nadie subía por las noches, la carretera era endiablada.
Llegaron a tiempo de ver el atardecer, el cielo rojo intenso, presagio de lluvia en la mañana. Y no sólo de eso.
Ella lo intentó sobria, pero una vez más el muro de protección se levantó alrededor de su perímetro. Nada entraba y nada salía.
Él era consciente de la dificultad de ella para romper el bloqueo, pero no sabía nada más. Así que el corazón batía alas dentro de su caja torácica como un pájaro desesperado que choca contra las paredes de cristal del habitáculo que lo encierra. Y su mente barajaba posibilidades, a cada cual más angustiosa. "La he ofendido. Se aburre conmigo. Ha conocido a alguien. Tiene una falta. Necesita tiempo. Necesita espacio. Se avergüenza de mí. Quiere tomarse un descanso. No sé tocarla. No soy lo que esperaba." La sucesión de desgracias variaba escasamente y finalizaba siempre en la misma conclusión, viscosa, negra y asfixiante: "Ya no me quiere".
Así que ambos, por distintas razones, se emborracharon sin prisa, metódicamente, él para frenar los pensamientos hirientes y anestesiar el sufrimiento. Ella para encontrar el valor de hacer palabras la peor parte de su historia y liberarse de ese peso inmenso que la mantenía anclada en una ciénaga asfixiante, sacando apenas media cara buscando una bocanada de aire, sintiendo la presión fría y espesa del cieno en toda su piel, tirando de su pelo hacia abajo, donde todo acaba.
Y funcionó. Ella consiguió abrir las compuertas y se desbordó la culpa, la vergüenza, la soledad, el llanto. Todo desordenado, como una riada con agua turbia cuajada de ramas rotas que golpean.
Él trató de contenerla en vano, era demasiado poderosa, llevaba demasiado tiempo oculta tras las compuertas ganando violencia e ira. La devastación dio paso a la compasión. Intensa como la luz del mediodía. Solo quería acogerla, abrazarla, protegerla del pasado, borrarlo.
Ella lloraba como lluvia mansa tras la tormenta. El quiso llevársela de allí. Dejar atrás toda la pena, en lo alto del mirador. Y no volver nunca. Jamás.
En la quinta curva se salió de la carretera.
El segundo accidente. Demasiada prisa por escapar, por salvarla. Demasiada potencia, demasiada velocidad.
El impacto fue brutal, él recuperó la consciencia inmerso en el olor a goma quemada, en el silencio de lo irreversible. Ella estaba totalmente inmóvil, con el cuello blanco extendido, el cabello negro brillante con reflejos violeta cubriéndole la mitad de la cara y un hilo de sangre cortando la clavícula.
Un pánico sordo se apoderó de él. La llamó por su nombre, cada vez con más fuerza y desesperación. Hasta escucharse a si mismo aullar sin control. Sin ninguna respuesta por parte de ella. Silencio absoluto. Ausencia de movimiento. La opresión en el centro del pecho, la sensación de irrealidad, los jadeos cortos, el sabor de las lágrimas en la boca. La llamada a emergencias. Los recuerdos cayendo sobre él como lápidas. Los besos delicados, el miedo a dañarla aún más si la tocaba, el terror a que ya estuviese muerta y la certeza de que así era. La huida cuando escuchó llegar a las ambulancias. Por la insondable culpa y el miedo cerval a confirmar la muerte de ella. Y su propia destrucción.
El tiempo que siguió apenas lo recuerda, varias semanas de nebulosa, negándose a salir de casa, de su cuarto, del agujero negro, del universo sin ella. Agorafobia, susurraban las voces de sus padres a través del tabique. "El Purgatorio", pensaba él. Volvió a cortarse. Con precisión y desapego. Pero el desasosiego no cedía. Porque le recordaba más a ella, a su historia, al dulce tacto de las cicatrices de sus muñecas, al hueco cálido de su codo, a la pequeña palma de su mano. Pensó en acabar con todo. En abandonar. En reencontrarse con ella, dondequiera que fuera. En otra forma, o dimensión. A cualquier precio. Lo pensó muchas veces, pero un hilo invisible y firme le sujetaba.
Hasta esa mañana. Hasta ese periódico abierto sobre la mesa al descuido, con la casa ya vacía.
"La joven A. M. S., de 18 años de edad, que fue víctima de un grave accidente de tráfico, en las inmediaciones del mirador de Santa Bárbara, el pasado 5 de Marzo de 2017, ha salido de la unidad de cuidados intensivos. Los médicos confían en su pronta y completa recuperación. Se desconoce la identidad del conductor del vehículo, que se dio a la fuga, se cree que tras dar aviso a emergencias. La familia de la joven, no ha presentado cargos."



Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarHuir, no fue su peor decisión, o sí. Gracias por contarnos estas historias
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