Yo salté y no lo vi venir.

Yo salté y no lo vi venir.
Dicen que siempre que decidas puedes estar segura de que no te has equivocado, porque todos los caminos llevan a la muerte. Lo que no dicen es que hay caminos más largos y más cortos.
Ese era un camino corto.
Y yo no tenía ningunas ganas de morirme, me faltaba un mes para cumplir los 19 años.
Llegaba tarde a una cita. Estaba desbordada de emoción. De deseo. El deseo te nubla el entendimiento. Actúas por instinto. El instinto no es muy útil para cruzar vías de tren.
Había otro sendero para llegar a donde habíamos quedado, pero era más largo. Y yo llegaba tarde. ¡Qué lástima!
Iba pensando: ¿Y si se va? ¿Y si piensa que ya no le quiero? Tengo que llegar. Atajo por la vía, salto desde el murete y en 3 minutos estoy.
Ahora sí que ya no llego.
Me llamo Camila Juárez, no tengo cuerpo ni forma, no puedo mover objetos ni dar alaridos ni susurrar, pero tampoco puedo abandonar este lugar ni mis recuerdos. Y mis pensamientos y sentimientos siguen aquí. Soy, probablemente, un fantasma. No es que me queden asuntos pendientes:  no fui asesinada ni debo vengarme de nadie. Sencillamente no veo ninguna luz cegadora hacia la que dirigirme. Y creedme, lo he intentado: con los focos del campo de fútbol, los faros de los coches y hasta con las luces del mismo tren que me atropelló, en el túnel, para mejorar el efecto. Pero nada de nada. Sigo aquí.
Al principio fue un caos. El cuerpo está muy infravalorado, pero es una puta maravilla. Una máquina frágil pero que roza la perfección.  Y os pasáis la vida sacándole pegas, sobre todo las tías. Me incluyo, claro, pero en pasado. Mirándonos al espejo con el ceño fruncido: ¿y este pelillo? ¿y este grano?;  si tuviera menos pecho...; si no tuviera el culo caído...; las pestañas son largas, pero sin curva...; tengo poco pelo, y tan lacio...; gorda no estoy, pero se me juntan los muslos...; si me aprieto la cacha tengo piel de naranja...; si fuera más alta...
Lo que yo daría ahora por mi precioso cuerpo, para sentir el calor del sol, el agua fresca resbalando por mi garganta, la languidez al despertar, las caricias, los abrazos, los besos, los orgasmos, el agotamiento después de una carrera, el corazón latiendo fuerte por un susto o una alegría repentina, la pena que se derrite en lágrimas y te moja los labios con sabor a salitre.
Pero quedó inerte en el suelo cuando el tren lo lanzó muchos metros más allá. Como una muñeca arrojada con rabia, en una posición imposible. No sufrí. Fue tan rápido. Solo recuerdo el ascenso rápido de lo que soy ahora, con una sensación similar a esos sueños en los que el suelo desaparece y sientes que caes al vacío, pero hacia lo alto, como un fuego artificial, con ese sonido silbante. Una vez arriba veía todo muy pequeño, el tren deteniéndose,  pequeñas figuras acercándose, las luces de los coches de policía y de la ambulancia, una mancha blanca tapando mi cuerpo.
Descendí con dificultad, oscilando como una pluma hacia los lados, con la única intención de reintegrarme a mi forma humana, como pasa en las películas, pero sin ningún resultado.
No podía desplazar la sábana que me cubría, al atravesarla solo veía mi cuerpo sin vida, al penetrar en éste solo estaba el corazón detenido, la sangre derramada y la tierra que lo sostenía.
Conservo la capacidad de ver y escuchar. Pero no me está permitido intervenir, expresarme. Tan solo observar.
Pude ver llegar a mi familia, como trataron de impedir que mi madre se acercara y ella se revolvió como una fiera hasta soltarse, correr hacia mí y retirar lo que me cubría para besarme de cabeza a pies, llamándome por mi nombre, aullando, acurrucándose a mi lado buscando un rastro de calor, un atisbo de vida, con la cara en el hueco de mi cuello, acariciando mis labios blanquecinos: "Mi niña no, mi niña no".
Mi tío Rafa se la llevó en brazos cuando ella consintió, como a una criatura, meciéndola a un lado y al otro. Él es un tío grande, como un oso y ella chiquita, menuda, de pelo largo y brillante.
Yo no sabía que hacer. ¿Debía quedarme junto a mi cuerpo para una eventual resurrección? ¿Acompañar a mis seres queridos en su duelo? Ni idea. Me partía el alma ver la escena y no tenía posibilidad de intervenir. Nadie me escuchaba, ni yo misma. Eso también me había pasado en sueños, esos en los que quieres gritar y no emites sonido alguno.
Tampoco conocía mi capacidad de desplazamiento. Me quedé un rato cerca del lugar del accidente, viendo el revuelo, al maquinista del tren hablando con la policía, con los dientes apretados y ganas de llorar. "No estaba en la vía, la hubiera visto. Saltó".
Vi a la médica forense y a la jueza en el levantamiento de mi cadáver, apretándose el hombro y agitando la cabeza con pesadumbre. La médica me susurró antes de cerrar la cremallera de la bolsa: "¿Cómo se te ocurre? ¿Dónde ibas tú con tanta prisa?".
Yo ya sentía un mal rollo importante. Y pensar a dónde iba antes de morirme, lo multiplicó. César, el amor de mi vida. Uf, que disgusto. ¿En serio no iba a poder despedirme? ¿O explicarme? ¿O manifestarme? Imposible...
Al ser esto una situación sin precedentes, decidí basar mis expectativas en el género fantasmal. Algo podría hacer yo: apagar velas, tocarle sutilmente, escribir en el vaho del espejo, acostarme a su lado para que sintiera mi presencia. Os ahorro los detalles, ningún truco cinematográfico o literario me permitió establecer contacto con ninguna persona. Lo intenté de mil formas. Hasta me di una vuelta por el cementerio aprovechando mi entierro,  a ver si con los muertos fluía la comunicación. Pero tampoco.
Lo importante es participar, os lo digo yo, lo de ganar da lo mismo. Es verdad que me sentí muy querida por todos los que se resintieron por mi muerte. Y escuché todo tipo de halagos hacia lo que fui y conjeturas llenas de vanas esperanzas hacia lo que pude haber sido. Me revolqué en la autocompasión. Lloré y pataleé sin sonido y sin movimiento. Vagué sin rumbo.
Y luego acepté. Algo que en vida me era casi imposible. Aceptar, digo. Yo era más de pelearme con la realidad. No hablo de buscar soluciones o luchar contra la adversidad. Hablo de desesperarte por lo que ya es. Y preguntarte por qué, qué has hecho tú para merecerlo, en qué momento equivocaste tu camino, por qué la gente es como es y otras muchas maneras de perder el tiempo y la energía vital.
Así que después de aceptar que ni tengo cuerpo ni puedo contactar con el resto de los mortales vivos, es decir, las limitaciones de mi existencia actual, empecé a disfrutarlo.
Lo que más me gusta, es ir al cine y al teatro.
Ahí es donde más viva me siento, identificándome con los personajes casi puedo sentir que soy ellos.
Y ningún problema de butaca, ni en los estrenos.
Aquí en Barcelona, hay bastante oferta cultural. Resulta que tampoco puedo alejarme mucho del lugar de mi muerte, pero hasta el centro, puedo llegar.
Me ha dado por los idiomas, por las versiones originales, claro.
Porque leer es muy complicado, no puedo pasar las páginas, así que tengo que adaptarme a la velocidad del lector al que me arrimo, y a sus gustos. Veo libros de lo más apetecible en las librerías y bibliotecas que nadie compra ni toma prestados. Y hay poca gente que lea lo que me interesa, al ritmo que lo disfruto y más de dos capítulos antes de caer rendidos. Trabajan demasiado. Eso es otra cosa genial de mi nuevo estado: no hay que ganarse la vida. Humor espectral, que quieren.
Voy a exposiciones, simposios, congresos de los asuntos más variados. Sigo siendo curiosa.
Si alguien llama mi atención le sigo para conocerlo mejor. Ya me he enamorado unas cuantas veces. Más platónico, imposible. Es un poco torturarse pero en algo tendré que entretenerme.
Resulta que la gente es lo mejor, y también lo peor, cuando la observas sin filtros. Y que hay muchas personas que aún estando vivas, están más solas que yo. En ciudades atestadas de gente, tecleando en sus dispositivos electrónicos, hambrientas de contacto real.
Voy mucho a los parques, porque las flores y los niños me fascinan, me puedo pasar horas observándolos.
También adoro la playa, el arrullo de las olas. Duermo allí cada noche. No es exactamente dormir, por descontado. Pero hay unas horas de la madrugada en que el mundo se enlentece, hay mucho silencio y parece que todo está en paz, hasta yo misma, mis pensamientos se ralentizan y siento que formo parte del mundo.
Me gustaría encontrar a otros como yo, pero no se siquiera si existe alguien más. Me gustaría cuidar y que me cuidaran, pero ya sé que no puede ser.

Así que vosotros que estáis vivos, tenéis cuerpo, tenéis semejantes, podéis cuidar y ser cuidados, disfrutad, porque nunca se sabe cuando se acaba el baile.
De repente saltas y ya no se escucha la música. No lo ves venir. Y te arrastra.

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