Como se ponga chulo, le saco la pistola.

Como se ponga chulo, le saco la pistola.
Lo tengo todo pensado.
Yo voy a empezar suave. Pero nadie me garantiza que vaya a entrar en razón. Según le dé.
Una vez me dijo un amigo que cuando quiera algo de alguien, se lo plantee cuando haya comido, porque con hambre se tiende a decir que no.
Así que hemos quedado después de cenar, en el callejón.
Ese dinero es mío, me lo he ganado. Bueno, lo he robado, pero sin mi idea y mi organización, seguiría pudriéndose en esa caja fuerte.
Y sé qu acordamos que no lo utilizaríamos en dos años, para no levantar sospechas.
Pero el diagnóstico, lo cambia todo. Si espero 2 años, estaré muerta. Fibrosis pulmonar idiopática, que putada tan grande. Yo que no he fumado en mi vida. Idiopática quiere decir que no tienen ni puta idea de la causa. Pero no hay duda. La biopsia es concluyente. Lo de los dos años, es orientativo. Eso me ha dicho una doctora que podría ser mi hija pero que parecía muy competente, y muy triste por mi. Y que guapa, un corte de pelo impecable.
Yo ya me lo temía, porque ese ahogo no era normal y cada vez iba a más.
Esto viene del amoniaco y de la lejía, de fregar escaleras y limpiar casas toda la vida, a mí no me lo quita nadie de la cabeza. Trabajando como una burra. Por no haber estudiado. Pero a mi nadie me dio esa oportunidad, que le vamos a hacer.
Así que cuando me ofrecieron una casa para cuidar a una anciana, casi me pareció un regalo. Era la viuda de un guardia civil, así que tampoco me pagaban mucho pero la casa era pequeña y la señora tampoco incordiaba mucho, pobrecita. Me contrató el hijo mayor, eran cuatro, y como 12 nietos, pero no venían casi nunca, y cuando venían parecían buitres sobrevolando un animal moribundo. Eso me hizo sospechar que la señora tenía dinero, porque el piso, aunque estaba céntrico tenía pocos metros y era muy antiguo. Eso y la caja fuerte encastrada en el armario, claro.
A la señora se le iba la cabeza a ratos y largaba alguna cosa. Sobre todo quejas del marido, que debía haber sido bastante mala bestia y de como ella había aguantado "por los niños". De la caja fuerte me dijo que la había instalado la mala bestia, " mi caimán" como ella lo llamaba, para guardar el arma reglamentaria y evitar accidentes.
Un día que vino el hijo intentó sonsacarle la combinación y le preguntaba por la cartilla.
- Armando, no hay nada en la cartilla, solo la pensión. Y para lo otro, tendréis que esperar a que me muera. Digo yo, vamos. Que tampoco vivís en la miseria.
- Se le va a olvidar, madre. Y luego a ver que hacemos.
- Por eso no padezcas. Que está en el testamento.
- Como usted quiera, madre. Como a la chica la estoy pagando yo...
- Y nadie te lo pidió. Yo te pague a ti los estudios también ¿no?
Ahí se acabó la conversación, de la que yo tomé buena nota. Dos cosas a destacar, la primera lo de "la chica", que era yo y tengo 56 años. Me parece una falta de respeto, que quieres. En este país el vocabulario se está perdiendo, y la cortesía también. Asistenta, cuidadora, Asunción, hasta Asun me vale, pero " la chica"... es despectivo. Y la segunda cosa, que el que tiene dinero suele ser un agarrado, así lo conserva. Eso es un hecho. Dime tú para que necesitaba la señora ese dinero. Para nada. Lo más lejos que iba era al parque de enfrente, y porque la llevaba yo del brazo dando pasitos minúsculos, como las muñecas de Famosa.
Decía mi abuelo que el dinero se tendría que pudrir a final de cada año, para que no nos diera por acumularlo, que razón tenía.
Lo que no conseguí nunca fue ver la combinación de la caja. La vieja era prevenida.
Y allí no venía nadie de visita, desde el enganche Armando-Madre.
Me hubiera gustado que la señora cambiase el testamento a mi favor por mis exquisitos cuidados, como en las novelas, pero no lo veía muy probable. A mi me gusta hacer bien mi trabajo y me gustan los mayores, tengo mano, se me dan bien. La señora me apreciaba pero tenía sus ramalazos de desprecio, se ve que se creía muy superior a mí. Así que lo que hice, fue lo justo. Yo lo veo así. Ella al otro mundo no se iba a llevar el dinero. Los hijos no se merecían nada, con ese desinterés y esa falta de cariño. Ni un beso vi, en tres años que la cuidé.
Así que pensé como hacerme con el dinero. Limpiamente y sin violencia, claro. Y cuando la señora faltase. Redirigir la herencia en la dirección adecuada, simplemente.
Yo conozco a Héctor de siempre, del barrio. Estuvo años preso por robo. Tenía mucho arte abriendo cajas fuertes. Le expliqué el asunto y se puso muy nervioso. "A la cárcel no vuelvo, conmigo no cuentes", fue lo primero que me dijo. Así que para convencerlo le dije que el dinero lo guardaría él y que en dos años no lo íbamos a tocar. Porque tenía claro, que la primera sospechosa iba a ser yo. Al final cedió, pero "solo si salía todo fácil". Y vaya si salió.
La señora fue decayendo, yo avise al hijo pero me dio a entender que ya si eso, vendría cuando no quedara otra. Ella fue dejando de comer y se apagó como una velita.
Héctor y yo no hablábamos por teléfono, lógicamente. Para la primera conversación yo lo abordé en un bar que sabía que frecuentaba porque lo limpiaba hace años, lo invité a un café con leche y quedamos en que lo avisaría con una señal cuando la señora pasase el puerto. Una alfombra verde, colgada en el balcón a airear.
Así lo hice y en una hora se presentó. Nos pusimos guantes y le llevé hasta la caja fuerte. Sacó sus artilugios y en 15 minutos, limpiamente, estaba abriendo la puertecilla de metal verdoso. No quiso tocar el interior. Yo fui sacando fajos de billetes y guardándolos en su mochila. Y la pistola de la bestia parda me la guardé en el delantal, por si acaso.
Había un millón de euros aproximadamente.
Nada menos. No era momento de contarlo con exactitud, pero había 42 fajos de 50 billetes de 500. Gloria pura.
Héctor se fue  y yo avisé a la familia.
La pistola la guarde en el bolso y al día siguiente la escondí en la taquilla del gimnasio, que no lo piso, pero tiene una cuota bajita por la clase de zumba.
En cuanto abrieron el testamento y la caja fuerte, me denunciaron y me detuvieron. Registraron mi casa. No encontraron nada. La llave de la taquilla estaba bien escondida, en un manojo de llaves y sin nada que la pudiera relacionar con el gimnasio, pagado al contado por un año.
Al final me tuvieron que soltar.
De eso hace 5 meses, sé que es arriesgado pero he buscado un país sin tratado de extradición con España, bien lejano y con buen tiempo. Iré en autobús y en barco, que están mucho menos controlados que los aviones. No me queda familia y pienso apurar esos dos años que me quedan viviendo como una reina. Si me muevo poco, igual aguanto más.  A Héctor tampoco lo voy a perjudicar si desaparezco. No tienen forma de relacionarlo conmigo.
Llevo la pistola en el bolso, no sé ni como se usa. El callejón está oscuro.
Ahí llega.
- ¿Qué quieres? ¿Estás mal de la cabeza?
- Necesito mi parte,Héctor.
- Ni hablar. Eso no fue en lo que quedamos.
- Me tengo que ir ya. No puedo esperar.
- ¡No! Tú no lo entiendes. No voy a ir otra vez a la cárcel de ninguna manera.
- De verdad, Héctor, estoy enferma, no me queda tiempo.
- No me lo creo, yo te veo bien.
- No quiero discutir. Vamos a repartirlo y yo desapareceré con mi parte.
- He dicho que no. Te esperas. En eso quedamos y eso haremos. Y no vuelvas a contactar conmigo. Estás loca, mujer.
Suspiré.  Se había puesto chulo. Ya me lo temía yo.
- Lo siento Héctor, no me dejas otra opción- dije clavando la pistola en su costado.
Dio un respingo pero yo lo agarré firmemente del brazo, entrelazándolo con el mío, como si fuésemos un matrimonio que pasea para bajar la cena, y mantuve la presión del cañón de la pistola contra sus costillas pasando la mano contraria por detrás de mi bolso.
- Llévame donde tengas el dinero y no hagas tonterías, que está cargada y sin seguro. A esta distancia sabes que no puedo fallar.
Estaba pálido. Hizo un requiebro y creí que se desmayaba.
- Aguanta Héctor, que yo no tengo nada que perder - sisee- Tira.
Al amparo de la noche subimos a su casa. No me extraña que acabase en la cárcel la otra vez. Ni había sacado el dinero de la mochila y la tenía en el armario. Un genio de la ocultación de pruebas. Le obligué a vaciar la mochila y a hacer dos montones idénticos sobre la mesa de la cocina, sin dejar de apuntarle.
- Mete la mitad en mi bolso- le ordené.
Lo hizo tembloroso, sin mirarme.
- Ahora tu mitad, a la mochila.
Levantó la vista y obedeció.
- Busca un sitio mejor que tu armario, Héctor, por Dios. Me voy ya, cuenta hasta 100 antes de levantarte. No quiero sorpresas. ¿Estamos en paz?
- Sí. Ya pensé que te ibas a quedar con todo.
- No, hombre, no. Yo robaré, pero honradamente. Suerte y adiós.
No me contestó, quedó sentado, abrazado a la mochila, con la mirada perdida.
No tenía tiempo que perder. El gimnasio cerraba a las 11. Quedaban 15 minutos y estaba a dos manzanas. Con mi fatiga llegué justita. Dejé el arma bien envuelta y cogí mi pequeño equipaje.
La recepcionista, una chica de moño alto que máscara chicle con la boca entreabierta me aconsejó asistir más a las clases.
- Se ve que se cansa- me dijo- está en muy baja forma.
- Mañana empiezo- respondí- Sin falta.
- Ya - me miró escéptica. Y siguió masticando.
Ahora estoy esperando el autobús a Lisboa. De ahí sale el barco.
Casi puedo sentir la arena caliente bajo los pies, el agua transparente, la brisa.
¿Habrá hamacas? Tiene que haber. Con medio millón encima, tiene que haber de todo.

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